“¡Te has hecho aún más grande! ¿Es esta la mujer que compraste? ¿Cuánto te costó? Parece una cazafortunas.”
Las amigas de Vanessa se rieron.
“La pareja perfecta: la bestia y la mujer a sueldo.”
Baste bajó la cabeza.
Esperó a que Clara llorara.
Alejarse.
Sentir vergüenza.
Pero estaba equivocado.
Clara soltó la silla de ruedas y dio un paso al frente.
—Disculpe —dijo con firmeza.
“No llames monstruo a mi marido.”
Vanessa se quedó paralizada.
“¿Disculpe?”
—Sí, es grande. Sí, no es tan refinado como vuestros maridos —dijo Clara en voz lo suficientemente alta como para que todos la oyeran.
“Pero este hombre tiene un corazón más grande que el de todos ustedes juntos. Me casé con él por deudas, lo admito.”
Pero me quedé porque durante tres meses vi la bondad a la que uno se niega a ver porque solo se fija en las apariencias.
Clara puso su mano sobre el hombro de Baste.
“Estoy orgullosa de ser la señora Montemayor. Y prefiero pasar mi vida con este ‘cerdo’ que con gente de plástico como usted.”
Todo el salón de baile quedó en silencio.
Vanessa se quedó humillada.
Baste miró a Clara y vio valentía, lealtad y amor.
Ella era la mujer que él había estado esperando.
—Clara —susurró Baste.
“Vámonos a casa.”
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