—Paciencia, mi amor. Cuando el viejo caiga, Alejandro será fácil de manejar.
Y vio a Víctor salir del despacho de madrugada con carpetas que no le pertenecían.
Pero una empleada no podía acusar a los poderosos.
Eso creía.
Hasta que vio a Alejandro esposado.
El primer día del juicio, Lucía quiso hablar. Pero al llegar a la puerta del tribunal, 2 hombres vestidos de negro se le acercaron.
—La señorita Daniela dice que vuelvas a la casa —dijo uno—. Y que recuerdes que tu madre sigue en Oaxaca, muy lejos de ti.
Lucía entendió el mensaje.
Calló.
Pero esa noche, en su cuarto pequeño junto al área de servicio, encontró una nota sobre la cama:
“Las muchachas que hablan de más desaparecen.”
Corrió a buscar a doña Petra.
La cocinera leyó la nota y se persignó.
—Ya saben que tienes algo.
—Tengo miedo.
—Claro que tienes miedo, mija. Solo los tontos no tienen miedo.
Lucía sacó la grabadora y el sobre.
—Si me pasa algo, llévelo usted al juez.
Doña Petra la miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Estás segura?
—Don Rodrigo confió en mí. Y Alejandro es inocente.
Doña Petra tomó el paquete y lo escondió dentro de un costal de arroz en su casa de Iztapalapa.
—Pues entonces que Dios nos agarre confesadas —dijo—, porque vamos contra demonios con apellido.
Al día siguiente, Víctor intentó comprarla.
La encontró trapeando el salón principal, se acercó con una sonrisa falsa y puso sobre la mesa un sobre lleno de billetes.
—Esto es más de lo que ganarás en 10 años. Vete a tu pueblo. Cura a tu madre. Olvida lo que crees que escuchaste.
Lucía miró el dinero.
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