Parte 2
No fui hacia Joaquín. Tampoco pregunté delante de todos si había falsificado mi firma. Después de veinte años de matrimonio sabía reconocer su cara cuando estaba preocupado, y aquella noche no estaba sorprendido. Estaba esperando mi reacción. —Mateo, no suspendas nada todavía —dije por teléfono—. Mándame una fotografía del documento completo y guarda el original. —¿Quiere que retiremos el equipo? —Todavía no. Quiero saber quién entregó ese papel. Cinco minutos después recibí las imágenes. Mi nombre aparecía debajo de una autorización donde supuestamente yo cedía temporalmente a Berta el control sobre mobiliario, bebidas, decoración y parte del equipo de cocina contratado para la fiesta. Mi firma parecía auténtica. Demasiado auténtica.
Busqué la fecha. El documento había sido firmado nueve días antes. Ese día yo estaba en Campeche supervisando un evento. Podía demostrarlo con facturas, cámaras y registros de carretera. Joaquín se acercó. —¿Ahora qué estás haciendo? —Trabajando. —Estamos celebrando a mi mamá. —Entonces ve a celebrar. Intentó mirar mi teléfono. Lo guardé. —Ana, no hagas algo de lo que después te arrepientas. Lo observé detenidamente. —¿Por qué tendría que arrepentirme? Su mandíbula se tensó. —Porque también es mi familia. —Exactamente. Tu familia. Yo estoy sentada junto a la puerta, ¿recuerdas?
Me dirigí a la mesa que me habían asignado y me senté. Aquello desconcertó a todos más que un escándalo. Durante los siguientes veinte minutos los Linares brindaron, se tomaron fotografías y presumieron una celebración que creían controlar. Entonces Mateo llegó personalmente acompañado por nuestra administradora, Sofía. Traían dos carpetas. Berta los vio y se acercó molesta. —¿Qué necesitan? Mateo respondió con absoluta calma: —Confirmar una documentación con la propietaria del equipo. Berta me miró. —Eso ya quedó arreglado. —¿Con quién? —Con Joaquín. El silencio entre nosotros duró apenas un segundo, pero fue suficiente.
—Joaquín no puede autorizar bienes de mi empresa —respondí. Berta soltó una risita. —Ay, Ana. Todo lo conviertes en dinero. Joaquín explicó que lo había hecho para evitarme molestias y que mi firma únicamente era “una formalidad”. Sentí un vacío en el estómago. —¿Estás diciendo que tú firmaste por mí? —No dije eso. —Entonces dime quién lo hizo. Verónica intervino: —¿De verdad vas a arruinar el cumpleaños de mamá por un papel? Mateo abrió la segunda carpeta. —No es solamente un papel.
Sofía había revisado el sistema después de recibir mi llamada. El documento falso no era la primera irregularidad vinculada con los Linares. Durante los últimos catorce meses habían aparecido cuatro facturas emitidas a clientes que yo no reconocía, utilizando el nombre comercial de mi empresa. Los pagos no habían entrado en nuestras cuentas. —¿Cuánto? —pregunté. —Hasta ahora encontramos seiscientos treinta y ocho mil pesos. Joaquín se quedó inmóvil.
—Eso no puede ser —murmuré. Sofía puso frente a mí una factura. Era por un supuesto banquete realizado en Oxkutzcab. Mi logotipo, mis datos fiscales y hasta el nombre de uno de mis proveedores aparecían allí. Pero abajo figuraba un número telefónico que conocía perfectamente. Era el de Verónica. Mi cuñada palideció. —Yo puedo explicarlo. —Perfecto. Empieza.
Berta golpeó la mesa. —¡Aquí no vas a interrogar a mi hija! La miré y comprendí algo todavía peor: no estaba sorprendida por las facturas. —Usted ya sabía. —No sé de qué hablas. —Entonces no debería estar tan asustada.
Joaquín me tomó del brazo. Me solté inmediatamente. —Nos vamos a casa y hablamos. —Tú puedes irte cuando quieras. Yo voy a quedarme. —Soy tu esposo. —Y precisamente por eso quiero saber cuántas veces utilizaste mi empresa sin decírmelo.
Sofía sacó una última hoja. —Ana, encontramos algo más. Una de esas facturas fue utilizada para justificar ingresos en una solicitud de crédito. —¿A nombre de quién? Sofía no respondió. Simplemente giró el documento.
La solicitante era Berta Linares.
Pero la garantía declarada no pertenecía a Berta.
Era una bodega que mi empresa había comprado seis años atrás.
Y junto a la descripción del inmueble aparecía nuevamente una autorización con mi firma.
Esta vez Joaquín no intentó decir que era una formalidad.
Simplemente se sentó.
Parte 3
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