Atrapado.
Eso es diferente.
Miras hacia atrás a los motores.
“No habrá reubicación”.
La sonrisa del hombre se desvanece.
– ¿Lo siento?
“No lo autoricé. Esta es mi propiedad. Por favor, vete.”
El segundo hombre parece incómodo.
Luis da un paso adelante rápidamente.
“Es un malentendido. Mi padre se confunde a veces”.
Las palabras golpean más fuerte que la comida para perros.
Confundido.
Ahí está.
La base de la siguiente mentira.
Si te opones, estás confundido.
Si te resistes, eres viejo.
Si te defiendes, no estás bien.
Tu voz se vuelve muy tranquila.
“Silvia,” llamas sin girar, porque sabes que tu vecino está mirando desde su ventana, “por favor, graba esto”.
Al otro lado de la valla, sus cortinas se mueven.
Buena mujer.
Te enfrentas a los motores.
“Yo soy Ernesto Hernández. Soy el único dueño de esta casa. No me estoy reubicando. Mi hijo no tiene autoridad legal sobre mí, mi propiedad o mis pertenencias”.
Luis te agarra del brazo.
“Deja de hacer una escena”.
Miras su mano.
– Suéltame.
Por una vez, no lo hace.
Así que haz lo que deberías haber hecho hace años.
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