A las 12:00 en punto, la biblioteca de la finca Salvatierra parecía preparada para una comida elegante, no para un crimen.
Había café recién hecho, charolas de pan dulce, flores blancas sobre la mesa larga y los retratos de los abuelos mirando desde las paredes de madera oscura. Afuera, la nieve seguía cubriendo el jardín como si nada hubiera pasado ahí unas horas antes.
Mariana entró tomada de mi brazo.
Llevaba un abrigo color marfil, botas térmicas y el rostro descubierto. No quiso maquillarse los moretones. Dijo que no iba a regalarles el privilegio de esconder lo que le habían hecho.
Catalina estaba sentada en la cabecera. Paulina a su lado. También estaba Rodrigo, esposo de Paulina, fingiendo revisar mensajes en su celular. Frente a ellos se encontraba el contador del complejo turístico, Héctor Valdés, y la notaria que la noche anterior había cerrado los ojos mientras arrastraban a mi esposa.
Catalina sonrió al vernos.
“Qué bueno que viniste, hija. A veces una noche difícil ayuda a pensar con claridad.”
Mariana no respondió.
Se sentó junto a mí.
Paulina empujó una carpeta nueva hacia ella.
“Firma aquí, aquí y aquí. Después diremos que te caíste por accidente. Nadie tiene que enterarse de tu escenita.”
Rodrigo soltó una risa seca.
“Y sería conveniente que tu marido no se meta. Estos asuntos son de familia.”
Me serví café.
Durante años aprendí que el silencio desespera más que una amenaza. Dejé que el sonido de la cucharita contra la taza llenara la biblioteca.
Luego pregunté:
“¿Northstar Asesoría Patrimonial también es asunto de familia?”
Héctor, el contador, levantó la mirada de golpe.
Catalina apretó la mandíbula.
“No sé de qué hablas.”
“Claro que sí”, dije. “48 millones de pesos salieron del complejo turístico en 11 transferencias. Facturas falsas por mantenimiento, seguridad privada y remodelación de cabañas que nunca se hicieron. Northstar recibió el dinero. Luego lo movió a Monterrey, Panamá y Lisboa.”
Paulina se puso de pie.
“¡Esto es una trampa!”
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