“¿Tú querías casarte con Diego?”
La pregunta me encontró sin defensa.
“Sí”, respondí. “Antes sí.”
“¿Y ya no?”
“Ya no.”
“¿Por nosotros?”
Dejé el cuchillo sobre la tabla y me agaché frente a él.
“No, mi amor. Terminé con Diego por Diego. No por ustedes.”
Mateo frunció la nariz, confundido.
“Pero él no nos quería.”
“Exacto. Y alguien que no puede quererlos a ustedes no podía quererme bien a mí.”
Santiago, desde la mesa, levantó la vista.
“¿Nosotros arruinamos tu boda?”
Sentí que el corazón se me partía otra vez, pero esta vez supe cómo sostenerlo.
“No. Ustedes me salvaron de una vida donde me habrían pedido dejar de ser yo.”
Los dos se quedaron callados.
Luego Santiago dijo:
“Entonces somos como superhéroes.”
Me reí por primera vez sin sentir culpa.
“Un poco sí. Superhéroes que no recogen sus calcetines.”
La tutela definitiva llegó en octubre.
El juez, un hombre serio con lentes gruesos, revisó el expediente y me preguntó si entendía la responsabilidad legal, económica y emocional que estaba aceptando.
Miré a los niños sentados junto a mi tía Carmen. Mateo sostenía su tortuga naranja de la feria. Santiago ya no tenía yeso, pero conservaba la varita luminosa sin pilas, como si fuera una reliquia.
“Sí, su señoría”, dije. “La entiendo.”
“¿Y aun así desea continuar?”
Mi voz salió firme.
“No deseo continuar. Ya estoy continuando. Solo quiero que la ley reconozca lo que mi familia ya sabe.”
El juez firmó.
Mi tía Carmen lloró en silencio. Mateo preguntó si eso significaba que nadie podía llevárselo. Santiago se aferró a mi blusa.
“Significa que esta es su casa”, les dije. “Y yo soy su tutora para siempre.”
Esa noche cenamos pizza en platos de plástico porque no tuve fuerzas para lavar nada. Mi papá habría dicho que era una cena elegante porque tenía aceitunas. Mi mamá habría tomado veinte fotos.
Yo tomé una.
Los niños con las manos llenas de queso, sonriendo con la boca manchada, vivos, seguros, míos en la forma más sagrada que existe: no por posesión, sino por promesa.
Un año después del accidente, volvimos a la feria.
No fue fácil. Mateo se puso nervioso en el estacionamiento. Santiago preguntó tres veces si íbamos a regresar a casa. Yo también sentí miedo. Había lugares que guardaban fantasmas, y ese módulo de fotos tenía uno con camisa planchada y anillo en la mano.
Pero también guardaba otra cosa.
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