Valeria, acabo de ver el video. Estoy avergonzada.
Un primo:
Qué bajo cayó este güey.
Otro mensaje de Mariana:
Mi hermano nos mintió. Ya le dije que no lo voy a cubrir.
No respondí. No por orgullo, sino porque en ese momento Santiago había tirado sopa sobre la mesa y Mateo estaba intentando limpiarla con su cartulina de tarea.
La vida real no espera a que una tenga cierre emocional.
Esa noche, cuando los niños se durmieron, me senté en el comedor. El silencio de la casa era extraño. Antes me daba miedo; ahora lo entendía. Era el sonido de tres personas sobreviviendo.
Miré la foto de la feria. Los tres frente a los girasoles. Mis ojos rojos, Mateo apretando su tortuga, Santiago sonriendo apenas con su yeso azul. No era una foto perfecta. Era mejor que eso. Era verdadera.
A las once y media, Diego llamó desde otro número.
No quise contestar, pero lo hice. Tal vez necesitaba escuchar, por última vez, hasta dónde podía hundirse.
“Valeria”, dijo, con voz ronca. “Me destruiste.”
“Te destruyeron tus palabras.”
“Mi familia no me habla. Mi mamá está furiosa. Mariana me llamó cobarde.”
“Lo que hiciste fue cobarde.”
Hubo silencio.
“Entré en pánico”, dijo al fin. “No pensé bien.”
“No pensaste en Mateo ni en Santiago.”
“Soy joven. Tú también. Esto nos cayó encima.”
“A ellos les cayó encima la muerte de sus papás.”
“Yo puedo cambiar.”
Cerré los ojos. Esa frase, antes, me habría hecho dudar. Habría imaginado terapia, perdón, una boda más pequeña, una segunda oportunidad. Pero ya no era la misma Valeria que recortaba imágenes de vestidos con mi mamá.
La vida me había arrancado la venda de los ojos con las dos manos.
“¿Qué propones?”, pregunté, no porque quisiera volver, sino porque necesitaba confirmar la verdad.
Diego respiró como si estuviera entrando a una negociación de oficina.
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