—Valeria, no firmes nada que él te ponga enfrente. Y no lo confrontes sola.
—¿Por qué?
—Porque el fideicomiso de Camila requiere doble autorización para retiros mayores a 100 mil pesos. Si tú no autorizaste esos movimientos, estamos hablando de falsificación digital y fraude bancario.
Me quedé sin aire.
Natalia agregó:
—Y mi asistente acaba de encontrar otra transferencia. Esta no fue a la inmobiliaria.
Miré por la ventana del hotel.
Rodrigo estaba en la banqueta de enfrente, caminando de un lado a otro, llamándome sin parar.
Todavía creía que el problema era una amante.
No sabía que acababa de abrirse una puerta mucho más oscura.
Parte 3
No dormí esa noche.
Me quedé frente a la laptop, con el mar oscuro detrás del vidrio y la vida entera convertida en números, fechas y conceptos bancarios.
A las 7:12 de la mañana, Natalia volvió a llamarme.
—La segunda transferencia fue de 260 mil pesos a una cuenta empresarial privada vinculada a Rodrigo.
—¿También salió del fideicomiso?
—Sí. Y aparece autorizada con tus credenciales digitales.
Sentí un frío limpio, quirúrgico.
—Yo jamás autoricé eso.
—Entonces hay que probar cómo entró.
No necesité pensar demasiado.
6 meses antes, cambié de celular. Rodrigo insistió en “ayudarme” a pasar mis aplicaciones bancarias, mis contraseñas y mis tokens.
Yo se lo di todo.
No porque fuera ingenua, sino porque era mi esposo.
A las 9:00, tocó la puerta de mi habitación.
Abrí.
Rodrigo estaba del otro lado con la camisa arrugada, barba de un día y ojos hundidos.
—Tenemos que hablar, Vale.
—Habla.
Entró sin que yo lo invitara del todo. Miró mi laptop abierta y entendió que el incendio ya no podía apagarse con lágrimas.
—Daniela se fue en el primer vuelo —dijo—. Ya no tiene caso mentir.
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