Su boca se hizo una línea.
No dijo nada.
Solo tomó nota en su libreta.
Diego sintió un hueco en el estómago.
A media mañana, su celular vibró dentro de la mochila.
Era un teléfono viejo, permitido solo para emergencias.
Durante la salida al baño, lo revisó.
Mensaje de mamá:
“Tu papá logró adelantar todo. Va saliendo de la reunión. Llegará al colegio antes de las diez y media. No digas nada. Será sorpresa.”
Diego casi saltó.
Su papá iba a venir.
De verdad iba a venir.
Guardó el celular y volvió al salón con una sonrisa que no podía ocultar.
Patricia lo vio.
Y esa sonrisa, en lugar de ablandarla, la molestó.
En su mente, Diego no estaba emocionado.
Estaba sosteniendo una mentira.
Y ella decidió que iba a detenerla antes de que el niño hiciera el ridículo frente a todos.
A las diez menos veinte, la maestra pidió silencio.
—Vamos a leer algunas tareas.
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