“¿Mamá?”
Ella fue hacia él de inmediato y lo abrazó.
Mi madre siguió hablando, cada palabra más desesperada que la anterior.
“Yo no sabía que eran cuatro.”
“¿Y si hubiera sido uno?”, pregunté. “¿Uno sí merecía dormir en bodegas? ¿Uno sí merecía crecer creyendo que su padre lo abandonó?”
Teresa tragó saliva.
“Yo pensé que Mariana aceptaría el dinero y se iría.”
“¡No recibí dinero!”, gritó Mariana por primera vez. “¡Me dejaron sola en el hospital con cuatro bebés! Su abogado me dijo que Alejandro no quería saber nada de nosotros. Me dijo que si lo buscaba, ustedes iban a usar sus contactos en el juzgado para quitarme a mis hijos. Yo tenía veinticinco años. Estaba aterrada.”
Los niños empezaron a llorar.
Mateo corrió hacia su madre. Emiliano y Santiago se escondieron detrás del sofá. Elías me miró como si necesitara decidir en ese instante si yo también era parte del monstruo.
Me arrodillé lentamente para no asustarlos.
“No sabía”, dije con la voz rota. “Les juro que no sabía.”
Mi madre soltó una risa nerviosa.
“Qué escena tan conmovedora. Pero mañana, cuando los medios se enteren, cuando los Santillán retiren la inversión, cuando el consejo te exija explicaciones, vas a entender que la vida real no se arregla con lágrimas.”
Me levanté.
“De hecho, mañana habrá explicaciones.”
Marqué un número.
Mi madre reconoció el contacto en la pantalla y su rostro se descompuso.
Roberto Salcedo contestó al tercer tono.
“¿Bueno?”
“Roberto. Habla Alejandro Montes de Oca. Estoy con mi madre, con Mariana Robles y con cuatro niños de seis años que llevan mi cara.”
Hubo un silencio tan largo que hasta los niños dejaron de llorar.
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