PARTE 2
A las 7:11, mi madre me llamó por sexta vez.
En la pantalla apareció su nombre:
Teresa Montes de Oca.
No contesté.
Mi chofer nos llevó directo al edificio de Santa Fe. Mariana iba en silencio, abrazando una mochila vieja sobre las piernas. Los niños se quedaron dormidos uno contra otro antes de cruzar Periférico.
Cuando entramos al departamento, los cuatro caminaron con cuidado, como si pisaran un museo. Elías miró los ventanales, las luces de la ciudad y el sillón enorme de piel gris.
“¿Aquí vive usted solo?”
No supe qué responder.
“Sí.”
Mateo susurró:
“Parece hotel.”
Mariana me fulminó con la mirada, como si cada pared cara fuera una ofensa.
Les preparé leche caliente. Saqué cobijas. Pedí comida sin chile, fruta, pan dulce, lo que se me ocurrió. Nunca había cuidado niños. No sabía si seis años era edad de cereal o de preguntas imposibles.
Media hora después, Emiliano y Santiago dormían en el sofá. Mateo se quedó abrazado a su carrito roto. Elías no dejaba de mirarme.
Mariana estaba de pie junto a la cocina, con los brazos cruzados.
“Dijiste que no harías preguntas.”
“Mentí.”
“Entonces me voy.”
“Con cuatro niños dormidos no.”
Sus ojos se llenaron de rabia.
“Qué fácil es hablar desde este lugar, ¿no? Tú con tus elevadores privados, tus choferes, tus apellidos en revistas. Yo pasé años cambiando turnos, durmiendo en cuartos prestados, escondiéndome de abogados que tú mandaste.”
El aire se me congeló en los pulmones.
“¿Abogados que yo mandé?”
Mariana soltó una risa amarga.
“No empieces. Tu licenciado fue al hospital al día siguiente de que nacieron. Me entregó un sobre con veinte mil pesos y una carta tuya. Decía que si intentaba buscarte, tu familia me quitaría a mis hijos por inestable.”
Sentí náusea.
“Yo nunca mandé a nadie.”
“Claro.”
“Mariana, yo llegué a nuestro departamento y ya no estabas. Mi madre me mostró una carta donde decías que no querías arruinar mi futuro. Me enseñó una transferencia de cuatro millones de pesos a una cuenta a tu nombre. Dijo que te habías ido a Guadalajara con tu ex.”
Mariana abrió la boca, pero no salió sonido.
“¿Cuatro millones?”
“Eso me dijo.”
“Yo salí del hospital con cuatro bebés, una cesárea abierta y doscientos pesos en la bolsa.”
Nos quedamos mirándonos.
Ahí, entre una isla de mármol y cuatro niños dormidos, la historia que ambos habíamos odiado durante seis años empezó a caerse como yeso viejo.
“¿Cómo se llamaba el abogado?”, pregunté.
Mariana tragó saliva.
“Roberto Salcedo.”
El nombre me atravesó.
Salcedo había sido el abogado de confianza de mi madre. Se jubiló de golpe seis años atrás, compró una casa en Mérida y dejó de contestar llamadas.
Antes de que pudiera decir algo, el interfono del departamento sonó.
Contesté.
La voz del guardia estaba tensa.
“Señor Montes, disculpe. Su mamá está abajo con dos escoltas. Dice que si no la dejamos subir, va a despedir a todo el personal del edificio.”
Mariana palideció.
“Alejandro, no la dejes entrar.”
Elías, que yo creía dormido, se levantó del sillón.
“Mamá, ¿es la señora mala?”
Mariana no respondió.
Yo miré a mi hijo, aunque todavía nadie me había dado permiso de llamarlo así.
Luego presioné el botón del interfono.
“Que suba sola. Los escoltas se quedan abajo. Y avise a recepción que si alguien más intenta entrar, llamen a la policía.”
Mariana dio un paso hacia los niños.
Las puertas del elevador privado se abrieron.
Mi madre apareció con un abrigo beige, perlas en el cuello y esa mirada perfecta de mujer que nunca pidió perdón porque siempre compró el silencio antes.
Entró furiosa.
“Alejandro, acabas de humillar a la familia entera.”
Entonces vio a Mariana.
Su rostro se endureció.
Y cuando miró a los cuatro niños dormidos en mi sala, por primera vez en mi vida vi miedo en los ojos de Teresa Montes de Oca.
PARTE 3
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