omento —ordenó—. No pueden dejar entrar a alguien así.
El avión crujió.
El hombre se apoyó en un asiento, pero no se apartó.
—Necesitamos a un profesional, no a una persona que parece haber dormido en una estación.
Patricia intervino.
—Señor, vuelva a su asiento.
—Estoy defendiendo la seguridad de todos.
Lucía lo miró.
Su voz fue baja, pero se escuchó con claridad.
—Acaba de hacernos perder dos minutos por juzgar mi ropa.
El hombre frunció el ceño.
—¿Y qué significa eso?
—Que, en una emergencia aérea, dos minutos pueden ser suficientes para no volver a ver el suelo.
El hombre palideció.
Lucía pasó junto a él.
Un adolescente sacó el teléfono y comenzó a grabarla.
—Miren esto —dijo a sus amigos—. La señora de la sudadera va a pilotar.
Otro chico se rio.
—Seguro que no había subido a un avión en su vida.
Lucía siguió caminando.
No giró la cabeza.
No aceleró.
Apoyó una mano en los respaldos mientras el avión se inclinaba de nuevo.
Cuando llegó a la cabina, una sacudida lanzó varias botellas al suelo. El copiloto tuvo que agarrarse a la pared.
Lucía no perdió el equilibrio.
Entró.
La puerta se cerró detrás de ella.
El capitán estaba inclinado sobre los controles. Tenía la camisa pegada a la espalda y gotas de sudor en la frente.
Varias alarmas sonaban al mismo tiempo.
—¿Quién es ella? —preguntó.
Lucía dejó la bolsa en el suelo.
Miró los instrumentos durante menos de tres segundos.
Después habló.
—Sombra Nueve solicita autorización para navegación auxiliar.
El capitán giró la cabeza con tanta rapidez que casi se golpeó contra el asiento.
Sus ojos se abrieron.
—No puede ser.
Lucía no se movió.
—No tenemos tiempo.
—Solo una persona utilizaba ese código.
El copiloto miró al capitán.
—¿La conoce?
El capitán continuó observando a Lucía.
—Sombra Nueve desapareció después del incidente de la sierra. Dijeron que nunca volvería a volar.
Lucía se sentó en el asiento auxiliar.
—El sistema de inclinación está enviando datos falsos. La altitud real es mayor de la que muestra la pantalla, pero estamos descendiendo demasiado rápido.
—El sistema secundario también falla —dijo el copiloto.
—No falla. Está recibiendo la misma información equivocada.
Lucía señaló una serie de cifras.
—El sensor frontal se ha congelado. El piloto automático está intentando corregir un error que no existe y, al hacerlo, nos está sacando de la ruta.
El capitán la miró sin saber si confiar en ella.
Otra alarma comenzó a sonar.
Lucía extendió la mano.
—Desconecte la corrección automática.
—El protocolo dice que debemos mantenerla.
—El protocolo supone que los sensores dicen la verdad.
El capitán dudó.
—Si se equivoca…
—Si no lo hacemos, dentro de nueve minutos entraremos en una zona de corrientes descendentes sin suficiente presión para mantener la cabina estable.
El copiloto se inclinó hacia el capitán.
—Yo autorizo la maniobra.
El capitán respiró hondo.
Después accionó el interruptor.
El avión se inclinó con violencia.
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