Revisamos las grabaciones cuadro por cuadro.
Ahí estaba Daniel destruyendo el teléfono de Lena.
Vivian cerrando las puertas con llave.
Daniel amenazándola con hacer que la declararan mentalmente inestable.
Mi madre diciéndole dónde golpearla para que los moretones quedaran ocultos.
Entonces llegó la revelación más contundente.
Daniel estaba sentado en mi escritorio hablando por teléfono.
—En cuanto se apruebe el certificado de defunción falsificado, llegarán el seguro y las prestaciones por fallecimiento.
—Ya tengo a alguien en el banco.
Rebecca pausó el video.
—Quienquiera que lo haya ayudado tuvo acceso a expedientes militares restringidos —dijo.
—Eso es un delito federal.
Los investigadores rastrearon la llamada hasta Martin Keene, un director bancario y socio de Daniel en actividades de apuestas.
Para medianoche, las órdenes de arresto estaban preparadas.
Regresé a casa y encontré a Lena mirando una maleta preparada.
—No quiero que te arruines por mi culpa —dijo.
Me arrodillé frente a ella.
—Te atacaron porque sabían que hacerte daño era la única forma de llegar hasta mí.
Le temblaron los labios.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Mañana celebrarán una fiesta.
—¿Y después?
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