Primero pasó Mateo, cuyo padre trabajaba cerca de funcionarios importantes.
Patricia aplaudió con fuerza.
—Excelente, Mateo. Qué orgullo tener familias comprometidas con el país.
Luego pasó Sofía, cuya madre limpiaba oficinas por la noche.
Sofía dijo que su mamá dejaba todo brillante para que la gente trabajara en espacios limpios.
La maestra sonrió apenas.
—Muy bien, Sofía. Gracias.
Y rápidamente llamó al siguiente.
Diego bajó la mirada.
Ya conocía ese tono.
Ese tono que decía “lo tuyo importa menos”.
Finalmente, Patricia dijo:
—Diego Hernández.
El niño se levantó.
Sus manos temblaban, pero empezó a leer.
—Mi papá es general de alto rango. Ha servido por muchos años en misiones dentro y fuera del país. Ayuda a tomar decisiones importantes para proteger a muchas personas…
—Basta.
La palabra cayó como una piedra.
Diego levantó la vista.
—¿Perdón?
Patricia caminó hacia él.
—Ven al frente.
—Maestra, todavía no termino.
—Al frente, Diego.
El niño caminó despacio.
Sentía todos los ojos en su espalda.
Cuando llegó junto al pizarrón, Patricia levantó su hoja.
—Clase, esto es un ejemplo de algo muy importante. A veces, cuando un niño se siente menos que los demás, inventa una historia para parecer especial.
Diego abrió la boca.
—No inventé nada.
—No interrumpas.
Leave a Comment