Algunos seguían cerca de la cocina, asustados por lo que ocurriría cuando los invitados se marcharan.
—Quiero que nadie vuelva a perder su trabajo por defenderse de un cliente —respondió—.
Quiero una norma escrita, un procedimiento para denunciar abusos y cámaras que ningún gerente pueda manipular.
Y quiero que proteja también a quienes lavan platos o limpian los baños.
No solo a quienes sirven las mesas delante del público.
Sergio soltó una risa nerviosa.
—Ella no puede decidir cómo se gestiona mi restaurante.
El propietario de El Palacio de Cibeles acababa de llegar tras recibir varias llamadas.
Había visto las imágenes desde su teléfono y escuchado las declaraciones de los trabajadores.
—Tú tampoco volverás a decidirlo —le comunicó—.
Quedas apartado hasta que finalice la investigación.
Alejandro añadió que su grupo empresarial cancelaría todos los actos reservados en el restaurante si no se aprobaba un protocolo real de protección laboral.
No quería una promesa para calmar el escándalo, sino medidas revisadas por representantes de los trabajadores.
Lucía aceptó que su testimonio se utilizara para redactarlas, pero rechazó convertirse en el rostro de ninguna campaña.
—No quiero que una fotografía mía sirva para limpiar la imagen de quienes callaron —dijo—.
Quiero cambios que sigan existiendo cuando nadie esté mirando.
Aquella noche, madre e hija regresaron juntas a Vallecas.
Teresa preparó una cena sencilla, aunque ninguna de las 2 tenía hambre.
Al retirar la gasa del cuello de Lucía, comenzó a llorar.
—Todo esto te ha ocurrido por cargar con mis problemas.
—No —respondió Lucía—.
Me ha ocurrido porque alguien creyó que podía hacer daño sin consecuencias.
Por primera vez, Teresa le confesó que había guardado los documentos del taller porque temía que denunciar a la fundación pudiera perjudicarla.
También reconoció que se sentía culpable por depender del sueldo de su hija.
Lucía le apretó las manos.
—No somos una carga la una para la otra.
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