—Precisamente. Deberían informarnos.
Natalia apuntó la cámara hacia el pasillo.
—Esto se está poniendo serio —dijo a sus seguidores—. Hay una alerta y nadie nos explica nada.
Elena agarró el brazo de Arturo.
—Te dije que debíamos viajar otro día.
—Tranquila.
—¿Cómo quieres que esté tranquila?
Lucía abrió los ojos.
Ya no parecía cansada.
Su espalda se enderezó.
Su mirada cambió por completo.
Era una mirada serena, concentrada, acostumbrada a medir riesgos.
Observó la inclinación del avión.
Escuchó el sonido de los motores.
Después miró hacia la parte delantera de la cabina.
—No es un fallo —susurró.
Ricardo la oyó.
—¿Qué has dicho?
Lucía no contestó.
Miró por la ventanilla y añadió, casi para sí misma:
—Han venido por mí.
Ricardo soltó una carcajada nerviosa.
—¿Por ti?
Varias cabezas se volvieron.
Natalia giró la cámara.
—Esperen —dijo—. La mujer del 22C asegura que la alerta es por ella.
Los dos jóvenes del otro lado del pasillo comenzaron a reír.
—Claro —dijo uno—. Seguro que es una agente secreta.
—O la presidenta —añadió el otro.
Lucía permaneció inmóvil.
Ricardo se inclinó hacia ella.
—¿Quién te crees que eres para decir algo así y asustar a la gente?
—No estoy asustando a nadie.
—Acabas de decir que vienen por ti.
—Eso he dicho.
La calma con la que respondió enfureció aún más a Ricardo.
—Esta mujer no está bien —anunció, mirando al resto de la cabina—. Alguien debería hacer algo.
Marcos se acercó rápidamente.
—Señora, debe permanecer sentada y evitar comentarios que puedan alterar a los pasajeros.
—Estoy sentada.
—Y le estoy pidiendo que guarde silencio.
Lucía levantó la mirada.
—¿También se lo ha pedido a quienes llevan media hora burlándose de mí?
Marcos abrió la boca, pero no respondió.
Natalia acercó más el teléfono.
Clara observaba desde su asiento con una sonrisa de desprecio.
—No provoque problemas —dijo una mujer mayor situada dos filas adelante—. Todos estamos nerviosos.
Lucía la miró.
—Yo no estoy nerviosa.
—Pues debería estarlo.
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