Llamó a la policía por su vecino en su propia cochera y terminó perdiéndolo todo en catorce días

Llamó a la policía por su vecino en su propia cochera y terminó perdiéndolo todo en catorce días

Don Ernesto frunció el ceño.

Ricardo dejó de grabar.

Laura abrió la boca, pero no dijo nada.

Mateo bajó las manos lentamente.

—¿Me conoce, sargento?

—Claro que sí. Usted donó al centro comunitario de San Javier. También apoyó el programa de becas deportivas de la comandancia. Lo vimos en el evento del año pasado.

El agente joven palideció.

Márquez se giró hacia él.

—Es Mateo Rivera. Fundador de una empresa de tecnología financiera. Vive aquí. Esta es su casa.

Don Ernesto dio un paso adelante.

—Oficial, yo no tenía forma de saber eso.

Márquez lo miró con una frialdad que congeló la calle.

—No preguntó.

Don Ernesto tragó saliva.

Mateo tomó su cartera, sacó su identificación y las llaves de la casa.

—Puedo traer las escrituras si las necesitan.

—No hace falta, señor Rivera —dijo Márquez—. Ya terminamos aquí.

Luego miró al agente joven.

—Discúlpese.

El agente apretó la mandíbula.

—Señor, lamento lo ocurrido. Respondimos al reporte.

Mateo asintió.

—Entiendo que respondieron. El problema es quién reportó y por qué.

Sus ojos fueron hacia don Ernesto.

—Salazar, ¿verdad?

El anciano se enderezó, intentando recuperar algo de autoridad.

—Ernesto Salazar. Sí.

—Usted trabajó en Industrias Cárdenas, ¿no?

Don Ernesto parpadeó.

—Treinta años.

—Buena empresa —dijo Mateo.

—Mi hijo Daniel sigue ahí —respondió Ernesto, por reflejo—. Lleva ocho años.

Mateo acomodó la manga de su saco.

En sus gemelos dorados brillaba un pequeño logotipo.

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