El frasco de crema estaba abierto.
El día anterior lo había dejado en el baño, junto al lavabo. Ahora estaba junto a la cama, bien colocado, como si alguien quisiera que se viera.
Carmen limpió la superficie con cuidado.
El olor de la crema le llegó suave, casi dulce.
Y debajo de ese olor había algo más.
Metálico.
Muy leve.
Casi nada.
Cualquier persona lo habría ignorado.
Carmen no.
Se quedó quieta.
Miró las manos de Víctor. Las uñas amarillas. La piel reseca. El temblor fino de los dedos.
Luego miró su almohada.
Había cabellos.
Demasiados.
Al día siguiente escuchó al doctor Robles durante una reunión en la habitación.
—Hemos agotado las posibilidades habituales —decía con voz seria—. La función hepática empeora. La neuropatía avanza. Los síntomas digestivos no responden. Tenemos que considerar algo más complejo.
Carmen pasaba un paño por la mesa del rincón.
Nadie la miraba.
—El personal de limpieza puede terminar después —dijo el doctor Robles de pronto, sin mirarla directamente—. Tenemos asuntos importantes que tratar.
Ella asintió.
Sintió el golpe de siempre en el pecho.
No era un insulto abierto. Era peor. Era esa forma de recordarle que su presencia solo importaba cuando había polvo, basura o manchas.
Salió de la habitación con el carrito.
Pero no dejó de pensar.
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