Y nadie vio cómo, al pasar frente a un panel técnico, detectó una pequeña fuga hidráulica antes que los mecánicos.
El hangar de simulación era enorme.
En el centro había cuatro cabinas móviles capaces de reproducir tormentas, fallos mecánicos y aterrizajes extremos.
Elena se acercó al panel de protocolos.
Leyó las instrucciones en silencio.
Un grupo de alumnos de una academia militar privada se colocó detrás de ella.
—¿Entiende algo? —preguntó uno.
Elena siguió leyendo.
—A lo mejor busca el dibujo que indica dónde sentarse —añadió otro.
—Dejadla —dijo un tercero—. Quizá trabajó como azafata hace veinte años.
Los tres rieron.
Elena señaló una línea del protocolo.
—Aquí hay un error.
Las risas cesaron.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el primero.
—El procedimiento para pérdida doble de presión está incompleto. Falta el aislamiento del circuito secundario antes del descenso.
El muchacho miró el panel.
No comprendió la explicación, pero no quiso admitirlo.
—Eso lo redactaron expertos.
—Los expertos también se equivocan.
—¿Y usted quién es para corregirlos?
Elena lo miró directamente.
—Alguien que ha tenido que aplicar ese procedimiento.
Antes de que pudieran responder, una voz grave resonó en el hangar.
—¡Atención!
El capitán Ramiro Alcázar, jefe de instructores, avanzó hacia el grupo.
Era un hombre de cincuenta y cinco años, de hombros anchos y expresión severa. Había construido su reputación gritando más fuerte que todos los demás.
Clara caminaba junto a él.
Le había contado lo ocurrido, aunque en su versión Elena era una intrusa arrogante que estaba molestando a los alumnos.
Ramiro se detuvo frente a Elena.
—¿Es usted la mujer que está cuestionando nuestros protocolos?
—He señalado un error.
Ramiro se acercó al panel.
Leyó la línea.
Durante una fracción de segundo, su rostro reveló que Elena tenía razón.
Después frunció el ceño.
—Aquí no ha venido a dar lecciones.
—Entonces debería corregirlo antes de que alguien aprenda mal.
Los alumnos soltaron un murmullo.
Ramiro sintió que lo estaban desafiando delante de todos.
—Señora, no sé de qué cocina, taller o cafetería ha salido, pero mantenga esas manos lejos de mis simuladores.
Elena permaneció quieta.
—No son sus simuladores.
Ramiro soltó una risa seca.
—Llevo doce años dirigiendo este hangar.
—Eso no significa que sea suyo.
Clara intervino.
—Ramiro, no pierdas el tiempo. Métela en una cabina y que todos vean lo que sabe hacer.
El instructor sonrió.
—Buena idea.
Entregó a Elena una tarjeta de acceso.
—Evaluación básica. Despegue, ascenso, giro, fallo de motor y aterrizaje.
—¿Qué modelo?
—Entrenador supersónico S-9.
Elena tomó la tarjeta.
—De acuerdo.
Algunos alumnos se acomodaron frente a las pantallas.
Otros prepararon sus teléfonos para transmitir la prueba.
Clara se acercó discretamente a uno de los técnicos jóvenes.
—Ponle turbulencia máxima después del despegue.
El técnico dudó.
—Eso no forma parte de la evaluación básica.
—Hazlo.
—El capitán podría verlo.
Clara miró hacia Ramiro.
El instructor fingía revisar unos documentos.
—No verá nada.
Leave a Comment