—Solo conozco un poco el idioma.
El asesor soltó una carcajada.
—¿Un poco de árabe?
—Sí.
—¿Desde cuándo una limpiadora habla la lengua de una corte?
Marta volvió a reír.
Lucía recogió el trapo.
No discutió.
No intentó convencerlos.
Comenzó a caminar hacia el pasillo de servicio.
Al pasar junto al botones, un muchacho llamado Álvaro, él inclinó la cabeza hacia ella.
Tenía apenas diecinueve años y llevaba menos de un mes trabajando en el hotel.
—No les haga caso —susurró—. Hacen mucho ruido porque por dentro están vacíos.
Lucía lo miró.
Por primera vez aquella mañana, su expresión se suavizó.
—Gracias, Álvaro.
El joven le abrió la puerta del pasillo.
Lucía estaba a punto de cruzarla cuando la voz del jeque volvió a escucharse.
Pronunció una frase corta en aquel árabe antiguo.
Después añadió:
—Si de verdad comprendes, repite la frase siguiendo la forma poética de Hadramaut.
Nadie se movió.
El intérprete oficial del hotel miró su tableta.
Buscó algo con rapidez.
No encontró la respuesta.
Los asesores se observaron entre ellos.
Ni siquiera algunos de ellos sabían exactamente qué había pedido el jeque.
Lucía cerró los ojos durante un segundo.
Luego dejó el cubo en el suelo.
Se dio la vuelta.
Caminó hasta el centro del vestíbulo y colocó las manos frente al abdomen, siguiendo una antigua forma de cortesía.
Después habló.
Su voz fue tranquila.
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