Patricia soltó otra risa.
—Ay, qué noble. Neta das ternura.
Luego se acercó a la escalera y gritó:
—¡Daniela! ¡Baja!
La niña apareció en el descanso, con Martina detrás.
—Ven —ordenó Patricia.
Daniela bajó despacio.
Rosa quiso acercarse, pero Patricia levantó un dedo.
—Tú no.
Daniela se quedó frente a Patricia, rígida.
—Dile a Rosa lo que hablamos.
La niña miró al piso.
—No quiero.
—Díselo.
Daniela empezó a llorar en silencio.
—Señorita Patricia…
—Díselo o le quito a tu hermana su conejo para siempre.
Martina soltó un gemido.
Rosa dio un paso.
—Ya basta.
—¡Cállate!
El grito retumbó en la sala.
Daniela cerró los ojos y dijo con voz rota:
—Rosa… ya no nos abraces cuando papá no esté.
Rosa se quedó inmóvil.
—¿Por qué, mi niña?
Patricia sonrió.
Daniela no levantó la vista.
—Porque si nos abrazas… ella dice que le va a decir a papá que tú nos enseñaste a odiarla.
Emiliano sintió que el piso se movía.
Martina bajó corriendo y se pegó a Rosa.
—No es cierto, Rosita. Yo sí quiero que me abraces.
Rosa se hincó y las abrazó a las 2.
Patricia perdió el control.
—¡Suéltalas!
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