—A la niña no la toque.
Emiliano se puso de pie.
Pero lo peor apenas estaba por aparecer en la pantalla.
PARTE 2
Patricia no le pegó a Martina.
No porque no quisiera.
Sino porque Rosa estaba enfrente.
La prometida de Emiliano soltó una risa seca, de esas que no tienen nada de gracia.
—Mira nada más. La criada se cree mamá.
Daniela apretó los labios.
Martina escondió la cara detrás de la falda de Rosa.
Emiliano miraba la pantalla como si alguien le estuviera abriendo el pecho.
Durante meses, Patricia le había dicho que Rosa manipulaba a sus hijas.
Pero en esa imagen, la única persona que parecía defenderlas era precisamente Rosa.
—Váyanse a su cuarto —ordenó Patricia.
Las niñas no se movieron.
—Dije que se larguen.
Rosa se agachó frente a ellas.
—Suban, mis niñas. Yo voy ahorita.
El “mis niñas” golpeó a Emiliano como una piedra.
No por celos.
Sino porque sonó natural.
Como algo ganado con noches de fiebre, tareas, miedos y meriendas. Cosas que él, entre viajes y juntas, no había estado para dar.
Daniela tomó a Martina y subieron corriendo.
Patricia esperó a que desaparecieran.
Luego caminó hacia Rosa y le habló casi pegada a la cara.
—Te estás metiendo donde no debes.
—Solo cuido a las niñas.
—No. Las estás poniendo contra mí.
Rosa negó con la cabeza.
—Ellas tienen miedo.
Patricia sonrió, pero sus ojos estaban llenos de coraje.
—Pues más miedo vas a tener tú cuando Emiliano vea lo que encontré en tu cuarto.
Emiliano frunció el ceño.
En la pantalla, Patricia sacó de una bolsa un brazalete de oro.
El mismo que había dicho que Rosa le robó.
—Esto va a aparecer en tu cajón —dijo Patricia—. Y cuando él regrese, tú te vas a la calle. Sin finiquito. Sin recomendación. Sin nada.
Rosa se quedó pálida.
—Usted puso eso ahí.
—¿Y quién te va a creer, Rosa? ¿El millonario o la muchacha que limpia baños?
En la sala de monitoreo, Rubén miró a su jefe de reojo.
Emiliano no dijo nada.
Solo apretó los puños.
Pero Patricia siguió.
—Además, ya me cansé de que esas niñas te quieran tanto. Son Duarte, no son tus huerquillas de pueblo.
Rosa tragó saliva.
—No las quiero quitarle a nadie. Solo no me gusta verlas llorar.
Patricia soltó otra risa.
—Ay, qué noble. Neta das ternura.
Luego se acercó a la escalera y gritó:
—¡Daniela! ¡Baja!
La niña apareció en el descanso, con Martina detrás.
—Ven —ordenó Patricia.
Daniela bajó despacio.
Rosa quiso acercarse, pero Patricia levantó un dedo.
—Tú no.
Daniela se quedó frente a Patricia, rígida.
—Dile a Rosa lo que hablamos.
La niña miró al piso.
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