PARTE 2
La mujer se llamaba Carmen. Tenía el cabello blanco recogido en una trenza baja, manos delgadas y una casa antigua en la colonia Portales que olía a café recalentado, madera vieja y secretos guardados demasiado tiempo.
“¿Cómo sabe mi nombre?”, pregunté desde la entrada.
“Ernesto me llamó hace un mes”, dijo ella. “Me dijo que quizá vendrías.”
“¿Quizá?”
Carmen bajó la mirada.
“Tenía miedo.”
Quise irme. Quise correr de regreso al hospital, tomar la mano de mi papá y fingir que ese papel nunca existió. Pero algo en los ojos de Carmen me detuvo. No había amenaza ahí. Había tristeza. Una tristeza antigua, de esas que ya no gritan porque aprendieron a respirar bajito.
“Dígame qué me ocultó”, pedí.
Carmen caminó hacia la cocina. Abrió un cajón junto a la estufa y sacó una cajita de lata. Dentro había cortadores de galletas: corazones, flores, lunas, manzanas.
Y una estrella.
La misma forma. El mismo metal opaco. La misma punta ligeramente chueca.
Sentí un golpe en el estómago.
“Ese cortador…”
“Era de Ernesto.”
“No. El suyo está en mi casa.”
“Tenía dos”, dijo Carmen.
Debajo de los cortadores había una fotografía. Me la entregó con ambas manos, como si pesara más que un ladrillo.
En la imagen aparecía Ernesto joven, mucho más delgado, con el cabello negro y una sonrisa abierta que jamás le había visto. Estaba detrás de una niña de unos 5 años sentada ante un plato de hotcakes en forma de estrella.
La niña reía con la boca llena.
“¿Quién es ella?”, pregunté, aunque algo dentro de mí ya tenía miedo de la respuesta.
Carmen respiró hondo.
“Se llamaba Milagros. Pero todos le decíamos Mili.”
Miré la foto hasta que se me nubló la vista.
“¿Era…?”
“Su hija.”
El silencio se metió entre nosotras como agua helada.
“Ernesto tuvo una hija antes de conocer a tu mamá”, continuó Carmen. “Mili murió a los 5 años.”
Me senté sin pedir permiso. Las piernas dejaron de sostenerme.
“¿Cómo?”
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