Se llamaba Alejandro Salazar.
Y era el dueño del restaurante.
Dos noches antes, Alejandro había estado sentado en su oficina del piso quince, rodeado de informes, gráficas y correos sin contestar.
El Puerto iba bien.
Eso decían los números.
Ventas arriba.
Costos abajo.
Reseñas excelentes.
Mesas llenas casi todos los fines de semana.
Cinco locales abiertos entre México y España, ochenta empleados, una marca creciendo rápido.
Eso decían los números.
Pero un correo anónimo le había partido la tranquilidad.
Asunto:
“Revise las propinas.”
Dentro había solo una frase.
“Nos están robando.”
Y tres archivos adjuntos.
El primer archivo era una foto de la pizarra de horarios.
El nombre de Lucía Ramírez aparecía tachado un viernes por la noche y movido a un lunes al mediodía.
El nombre de Elena Martín, otra mesera, también había sido cambiado.
Turnos buenos quitados.
Turnos malos asignados.
Siempre a las mismas personas.
El segundo archivo mostraba depósitos bancarios extraños.
Cantidades pequeñas, pero repetidas.
Ochocientos treinta y cinco.
Novecientos diez.
Mil doscientos cuarenta.
Siempre después de noches con mucho movimiento.
El tercer archivo era una foto de un recibo.
Propina pagada con tarjeta: cuarenta y cinco.
Abajo, escrito a mano con otra tinta:
“Total para repartir: doce.”
Alejandro abrió los reportes internos.
Nada parecía mal.
El local funcionaba.
Iván Cortés, el encargado, tenía buenas evaluaciones.
“Líder fuerte.”
“Controla costos.”
“Reduce quejas.”
“Mejora productividad.”
Frases bonitas.
Frases vacías.
Luego abrió los registros de personal.
Quince empleados se habían ido en seis meses.
Quince.
En un solo local.
La mayoría había puesto “motivos personales”.
Otros, “problemas con horarios”.
Tres habían mencionado “trato del encargado”, pero el informe terminaba ahí.
Sin seguimiento.
Sin preguntas.
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