—No necesito dinero.
—No ofrecí dinero.
—Los hombres como usted siempre creen que todo se paga.
Emiliano bajó la mirada.
—Camila Torres. Enfermera de urgencias. Despedida después del caso Armenta.
La cafetera tembló en la mano de ella.
—Investigó mi vida.
—Quería saber por qué una mujer que actuó mejor que todos nosotros estaba sirviendo copas.
—Lárguese.
—La culparon de algo que no hizo.
—Lárguese.
—Puedo ayudar.
Camila soltó una risa seca.
—Claro que puede. Puede mandar asustar al doctor Armenta. Puede comprar testigos. Puede hacer que alguien desaparezca o que confiese con una pistola en la mesa.
Emiliano guardó silencio.
Ella entendió que había acertado.
—No voy a limpiar mi nombre ensuciándome con usted. Si de verdad me debe algo, no me traiga venganza.
Se acercó un paso, con los ojos húmedos pero firmes.
—Tráigame la verdad. Legal. Limpia. Suficiente para que nadie vuelva a decir que yo maté a un hombre por descuidada.
Emiliano, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo una respuesta lista.
PARTE 3
Emiliano Santillán nunca había aprendido a pelear sin miedo.
Su vida entera había sido una escuela oscura: si alguien cerraba una puerta, se rompía; si alguien guardaba un secreto, se le arrancaba; si alguien se atravesaba, se quitaba.
Camila le pidió exactamente lo contrario.
Así que contrató a Mariana Beltrán, una abogada conocida por defender personal médico, denunciar negligencias encubiertas y soportar con muy poca paciencia a hombres poderosos que se creían indispensables.
Cuando Emiliano terminó de explicarle el caso, Mariana cruzó los brazos.
—¿Quiere reabrir un expediente de hace 3 años contra un médico protegido por medio hospital?
—Sí.
—¿Sin amenazas?
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