También revelaba por qué Gael buscaba a los bebés. Don Arcadio Santillán, abuelo de Gael, había creado un fideicomiso de más de 180,000,000 de pesos para su primer bisnieto varón. Gael no podía administrarlo porque estaba prófugo, pero Leonor pretendía obtener la tutela del recién nacido y controlar el dinero.
A las 8:40 de la noche, uno de los gemelos sufrió un paro respiratorio. Lupita escuchó las alarmas y corrió hacia la puerta de neonatología.
—¡Mateo!
Nadie le había dicho cuál bebé estaba en peligro. Sin embargo, ella reconoció el nombre escrito por su madre en el borde de la sábana.
El equipo logró reanimarlo después de varios minutos. Karina salió con lágrimas en los ojos.
—Sigue luchando.
Lupita apretó la medalla de su muñeca.
—Mi mamá dijo que Mateo era terco. Que nació para quedarse.
Mientras todos observaban a la niña, Leonor aprovechó el caos para abandonar la oficina. Un guardia intentó detenerla, pero un hombre armado con credenciales falsas de la Fiscalía lo empujó y abrió una salida lateral.
Las cámaras mostraron a Leonor entrando en una camioneta negra.
En el asiento del conductor estaba Gael Santillán.
Óscar pidió cerrar el hospital. Gael llevaba años escondido, pero había regresado esa misma noche por sus hijos.
Entonces se apagaron las luces de neonatología.
Cuando el generador arrancó 18 segundos después, la incubadora de Mateo estaba vacía y la ventana del pasillo permanecía abierta.
PARTE 3
Lupita lanzó un grito que atravesó todo el piso.
—¡Se llevaron a mi hermanito!
Karina la abrazó mientras médicos y policías revisaban las salidas. La incubadora no podía pasar por la ventana; alguien había desconectado a Mateo, lo había envuelto en una manta térmica y escapado por la escalera de mantenimiento.
Óscar examinó las grabaciones. El secuestrador llevaba uniforme de camillero, pero caminaba con una ligera cojera. Lupita reconoció la forma de moverse.
—Es Beto. Trabajaba con mi papá. Una vez encontró nuestra casa, pero mamá le dio dinero para que no dijera nada.
La policía rastreó la camioneta de Leonor hacia la carretera de Jerez. Sin embargo, Lupita insistió en que no irían al rancho principal.
—Mi papá decía que los policías siempre buscan donde hay puertas grandes. Él se escondía en una bodega junto a una presa.
Óscar mostró un mapa. La niña señaló un camino sin nombre cerca de una antigua empacadora de chile.
Los agentes llegaron antes del amanecer. Dentro de la bodega encontraron a Gael discutiendo con Leonor. Mateo estaba conectado a un tanque portátil de oxígeno, sostenido por Beto.
—El bebé no resistirá otro traslado —advirtió Beto—. Necesita volver al hospital.
—Solo necesitamos la firma del notario —dijo Leonor—. Después podrán atenderlo.
Gael parecía alterado.
—Me prometiste que el fideicomiso quedaría bajo mi control.
—Quedará bajo el mío hasta que resuelvas tus órdenes de aprehensión.
Gael comprendió que su madre también pensaba traicionarlo. Tomó al bebé y trató de salir por la parte trasera, pero los agentes rodearon el lugar.
—¡Baje al niño! —ordenó Óscar.
Gael apretó a Mateo contra su pecho.
—Es mi hijo. Nadie puede quitármelo.
—Un padre no arriesga la vida de un recién nacido por dinero.
Beto levantó las manos y se apartó. Leonor intentó destruir unos documentos con un encendedor, pero Joel se los arrebató. Gael miró hacia la presa, calculando si podría escapar. Entonces el bebé dejó escapar un gemido débil.
Por primera vez, Gael bajó la vista.
Mateo tenía los labios morados.
—Se está muriendo —dijo Óscar—. Entréguelo ahora.
Gael dudó. Su orgullo se quebró cuando escuchó las sirenas de la ambulancia.
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