La Foto Que Conectó a Diego con Octavio Tres Días Antes de Morir-silas

La Foto Que Conectó a Diego con Octavio Tres Días Antes de Morir-silas

Rogelio soltó una risa seca.

—Está haciendo una historia de una fotografía vieja.

—Entonces explíquela usted —dijo Octavio.

El gerente abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

Mariana sintió que volvía aquella sensación que la había perseguido durante siete meses: la certeza de que había una parte de la muerte de Diego que nadie le había contado.

Después del supuesto accidente, todo había ocurrido demasiado rápido.

Una llamada.

Un hospital.

Unos papeles.

Personas repitiéndole que había sido una desgracia y que debía concentrarse en su embarazo.

Diego había salido aquella mañana diciendo que tenía un trabajo extra y que, si todo salía bien, podrían comprar una cuna sin pedir dinero prestado.

Nunca regresó.

Mariana había preguntado dónde estaba trabajando, pero recibió respuestas vagas.

Con el nacimiento de Alma, las deudas y la necesidad de conseguir empleo, terminó guardando las preguntas en un rincón de su vida porque simplemente no podía darse el lujo de detenerse.

Hasta ahora.

—Quiero saber todo —dijo.

Octavio señaló una silla.

—Lo que voy a contarle no me deja bien parado.

—No me importa cómo lo deje a usted.

Por segunda vez aquella noche, Octavio pareció respetar su respuesta.

Diego había trabajado por temporadas haciendo mantenimiento para distintos negocios, explicó.

No era empleado directo de Octavio, pero conocía las cocinas, cámaras de refrigeración y equipos del restaurante porque había sido contratado varias veces para revisar fallas que el personal reportaba.

Un mes antes de morir, Diego notó algo extraño.

Había equipos marcados como reparados que seguían fallando y órdenes de servicio por cantidades mucho mayores de las que correspondían al trabajo realizado.

Al principio creyó que se trataba de errores administrativos.

Luego encontró autorizaciones firmadas por Rogelio.

Según los documentos, se habían pagado refacciones que nunca habían llegado y trabajos que algunos técnicos aseguraban no haber realizado.

Diego pudo haberse quedado callado.

No lo hizo.

Primero confrontó a Rogelio.

La fotografía que Mariana tenía frente a ella había sido tomada durante esa discusión por una cámara interna del corredor.

—¿Y usted lo sabía? —preguntó Mariana.

Octavio bajó la vista un instante.

—Diego vino a buscarme esa misma noche.

A Mariana se le tensó la mandíbula.

—¿Habló con mi esposo tres días antes de que muriera y nunca me buscó?

—Sí.

No hubo excusa detrás de la respuesta.

Eso la enfureció todavía más.

Octavio explicó que Diego le había mostrado algunas inconsistencias, pero todavía no tenía suficiente información para demostrar quién estaba detrás de ellas.

Octavio le pidió que no confrontara nuevamente a Rogelio y que le diera tiempo para revisar las cuentas y las órdenes de mantenimiento.

Diego aceptó.

Pero Rogelio ya sabía que había hablado.

—Eso es mentira —interrumpió el gerente—. Diego quería dinero. Estaba desesperado porque iba a tener una hija.

Mariana dio un paso hacia él.

—No use a mi hija para ensuciarlo.

—Pregúntele a su jefe —insistió Rogelio—. Pregúntele cuánto pidió.

Octavio abrió otra vez la carpeta.

Mariana creyó que iba a defender a Diego.

En cambio, colocó frente a ella un recibo con la firma de su esposo.

Su estómago se cerró.

La hoja indicaba que Diego había recibido una cantidad en efectivo dos días antes de morir.

Rogelio levantó las manos.

—Ahí está. Yo no inventé eso.

Mariana reconoció la firma.

Era de Diego.

Durante unos segundos no pudo pensar.

Recordó las cuentas atrasadas escondidas en un cajón, las conversaciones sobre la cuna y la última vez que Diego había contado las monedas que llevaba en la cartera antes de salir de casa.

—¿De dónde salió ese dinero? —preguntó.

—Se lo di yo —respondió Rogelio—. Quería que dejara de causar problemas.

Mariana sintió una punzada de decepción que casi le dolió más que la rabia.

Pero Octavio deslizó el recibo hacia ella y tocó la esquina inferior.

—Voltéelo.

En el reverso había unas líneas escritas a mano.

Mariana reconoció la letra de Diego antes de leer la primera palabra.

Diego había anotado que recibía el dinero únicamente para comprar las piezas que Rogelio aseguraba haber adquirido semanas antes.

También había escrito la cantidad exacta que debía devolver y había enumerado tres piezas.

Octavio colocó junto al recibo las órdenes correspondientes.

Las piezas ya aparecían como compradas y pagadas por el restaurante.

Sin embargo, Diego había descubierto que nunca habían llegado.

Aquello era lo que intentaba demostrar.

No había aceptado un soborno.

Había convertido el dinero de Rogelio en una prueba de que las compras anteriores eran falsas.

Rogelio se abalanzó hacia el escritorio.

Octavio cerró la carpeta antes de que pudiera tocarla.

—Ni se le ocurra.

La voz no fue fuerte.

No necesitó serlo.

Rogelio se detuvo.

Mariana apenas podía respirar.

—¿Qué pasó después?

Octavio tardó unos segundos en responder.

La noche anterior a la muerte de Diego, uno de los equipos que él había reportado volvió a fallar.

Según los registros internos, ese equipo debía estar fuera de servicio hasta que se instalaran ciertas piezas.

Sin embargo, Rogelio había marcado la reparación como terminada y había ordenado cerrar la incidencia.

Diego volvió al lugar para revisar el equipo y confirmó que las piezas seguían sin instalarse.

Fue entonces cuando decidió que al día siguiente entregaría a Octavio todo lo que había reunido.

Nunca llegó a hacerlo.

—¿Y eso qué tiene que ver con su accidente? —preguntó Mariana.

Next »
Next »

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top