Era el bastón.
Mauricio había querido sacarlo de la casa aquella misma madrugada.
Ernesto se negó.
No porque de repente se hubiera convertido en héroe.
Tenía miedo.
Había pasado años normalizando las burlas de su esposa, los desplantes de su hijo y la forma en que trataban a Mariana.
Pero aquella madrugada entendió que lo que ellos llamaban “ponerla en su lugar” ya no podía esconderse detrás de una puerta cerrada.
Antes de irse pidió hablar desde el pasillo.
Mariana aceptó.
Ernesto no entró.
—Me reí cuando estabas en el piso.
—Sí.
—No hay manera de explicarlo sin que suene horrible.
—Porque fue horrible.
Ernesto bajó la cabeza.
—Debí detenerlo mucho antes.
Mariana no dijo “te perdono”.
No podía.
Quizá nunca podría.
Ernesto se marchó.
Teresa eligió el camino contrario.
Llamó a tíos, primos, amigos de la familia e incluso conocidos de la parroquia.
Contó que Arturo Salgado había usado su dinero para separar a un matrimonio.
Dijo que Mariana siempre había sido “demasiado delicada”.
Aseguró que Paola había traicionado a su propio hermano.
Mariana no respondió públicamente.
Ya no quería ganar una guerra de chismes.
Quería recuperar su vida.
Después de recibir el alta médica fue temporalmente a casa de Arturo.
La primera noche puso una condición.
—No quiero cambiar el control de Mauricio por el tuyo.
Su padre permaneció callado.
Mariana continuó:
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