—La gala de mañana —murmuró Gabriel—. Va a anunciarse como nuevo director del grupo Montejo.
—Entonces ahí cae.
Gabriel miró mi vientre.
—Valeria, tú no puedes entrar.
Me levanté despacio.
—Rodrigo dejó a su hija sin casa antes de nacer. Me dejó en la calle con 432 pesos y luego se fue a dormir en sábanas de seda pagadas con sangre ajena. Yo voy a estar ahí.
Gabriel no discutió.
La noche siguiente, me puse un vestido verde oscuro adaptado a mi embarazo, un micrófono oculto y una pulsera con botón de emergencia.
La mansión Montejo en Lomas de Chapultepec brillaba como una joya fría. Empresarios, políticos, periodistas y socialités llenaban el salón principal.
En una pantalla del equipo de vigilancia vi a Rodrigo.
Sonreía como rey.
A su lado estaba Claudia, pálida, elegante, perdida.
Y entonces apareció una alerta roja en mi monitor.
Rodrigo había encontrado el fondo fantasma.
Había iniciado sesión.
Y estaba a punto de transferir 650 millones de pesos.
Yo entré por la puerta de servicio y subí al segundo piso para bloquear la operación en el último segundo.
Pero al doblar el pasillo, el elevador privado se abrió.
Rodrigo salió con una copa en la mano.
Me vio.
Primero no entendió.
Luego su sonrisa desapareció.
—Valeria —dijo, con la cara blanca—. ¿Qué demonios haces aquí?
Y en ese instante supe que todo podía salir terriblemente mal.
PARTE 3
Rodrigo me miró como si yo fuera un fantasma embarrado en su fiesta perfecta.
El pasillo del segundo piso estaba separado del salón principal por unas puertas altas de madera. Abajo sonaba una orquesta suave, copas chocando, risas medidas, voces de gente acostumbrada a fingir que el dinero limpia cualquier pecado.
Él dio un paso hacia mí.
—¿Cómo entraste?
Yo dejé que mi rostro se rompiera.
No de verdad.
Solo lo suficiente.
Había aprendido de Rodrigo que algunas máscaras sirven para sobrevivir.
—Necesitaba verte —dije, con la voz temblorosa—. Me desalojaron. No tengo dónde dormir. Rodrigo, estoy embarazada. Es tu hija.
Él me observó de arriba abajo. Vio el vestido caro, el maquillaje, el cabello arreglado. Por un segundo sospechó. Luego su ego, como siempre, le tapó la inteligencia.
Sonrió.
Una sonrisa cruel, pequeña.
—Mírate nada más. Hasta arreglada pareces fuera de lugar.
Me dolió.
No porque todavía lo amara, sino porque por años confundí esa crueldad con sinceridad.
—¿Por qué nos hiciste esto? —pregunté, acercando apenas el cuerpo para que el micrófono escondido bajo la tela captara cada palabra—. Nos dejaste sin dinero. Dejaste a tu hija sin casa.
Rodrigo soltó una carcajada baja.
—No dramatices. Tú siempre fuiste buena para sentirte víctima.
—Falsificaste mi firma.
—Y tú fuiste lo bastante tonta para confiar en mí.
La frase me atravesó, pero no me moví.
Necesitaba más.
Necesitaba que se condenara solo.
—Claudia no merece esto —dije—. Ella confía en ti.
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