La mirada de Mariana se quebró.
“¿De verdad pensaste que no iba a notar cuarenta y siete transferencias a tu empresa fantasma?”, preguntó Victoria, mirándola de arriba abajo. “¿O que no iba a reconocer los correos anónimos donde me presumías que mi marido pronto me dejaría por ti?”
El murmullo de los empleados subió como espuma.
Rodrigo giró hacia Mariana.
“¿Tú le mandaste eso a mi esposa?”
Mariana comenzó a llorar de verdad. No como antes. Esta vez se le corrió el maquillaje, se le torció la boca y perdió esa belleza controlada que tanto había ensayado.
“¡Tú me prometiste que ibas a dejarla!”, gritó. “Me dijiste que después de la junta de hoy ibas a arreglar todo. Que Alex firmaría los papeles de la consultora, que tú me pondrías como socia y que ya no tendría que seguir fingiendo en mi matrimonio.”
El aire se me fue del pecho.
Papeles.
Consultora.
Firmas.
Recordé entonces los documentos que Mariana me había pedido revisar esa misma semana. Me dijo que eran contratos de proveedores para un proyecto nuevo, que solo necesitaba mi firma como testigo porque yo conocía temas de logística médica.
No los había firmado. Estaba demasiado ocupado.
Rodrigo la miró con furia.
“¡Cállate, Mariana!”
Pero ya era tarde.
Victoria levantó otra hoja.
“Según esto, planeaban usar la firma de tu esposo para simular asesorías y justificar pagos desde Vithera a tu consultora. Luego, cuando el fraude reventara, él quedaría como responsable operativo. Tú te ibas con Rodrigo. Rodrigo salvaba su puesto culpando a Alejandro. Y tú, Mariana, recibías suficiente dinero para empezar de nuevo.”
Todos voltearon a verme.
Yo no sentí rabia.
Sentí un frío lento, profundo, como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de mi pecho.
No solo me había engañado.
Me iba a usar como chivo expiatorio.
Durante años yo pensé que Mariana me veía como su refugio. En realidad, me veía como una puerta de salida.
“Eso no es cierto”, susurró ella.
Victoria soltó una risa seca.
“Entonces explícame estos mensajes.”
Le entregó una hoja al abogado. Él la leyó en voz alta:
“Después de hoy, Alex firma, tú entras como socia y yo dejo de cargar con él. Es bueno, pero es débil. Nunca va a sospechar.”
Esa frase me dolió más que el beso.
Bueno, pero débil.
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