Un refugio para el duelo
Dos años después de la muerte de mi madre, empecé a trabajar como voluntaria en un pequeño hospicio a las afueras de la ciudad. Cuando alguien me preguntaba por qué lo hacía, respondía con la frase amable que se espera en esos casos: quería ayudar a los demás. La verdad, sin embargo, era más sencilla y más egoísta. No soportaba volver todas las tardes a una casa vacía, donde el silencio parecía tener un peso propio. En el hospicio, en cambio, la tristeza tenía permiso de existir. Nadie te preguntaba cuándo pensabas superarlo.
Fue allí donde conocí a Nathan Cole. Tenía cincuenta y nueve años, una enfermedad seria y un carácter que hacía difícil compadecerlo. Se quejaba del café aguado, de los programas matutinos de televisión y, sobre todo, de las enfermeras que insistían en llamarlo valiente. Mientras las habitaciones vecinas se llenaban de ramos, fotos enmarcadas y familiares que llegaban con comida casera, la suya solo contenía una bolsa de cuero gastada y ningún contacto de emergencia registrado.
En mi segundo turno le traje un café del local que había cruzando la calle. Cuando probó el primer sorbo, levantó la vista sorprendido.
—Te acordaste de la crema.
—Se quejó durante veinte minutos. Era difícil olvidarlo.
Casi sonrió.
—Quejarse no garantiza que alguien escuche.
—Sí lo garantiza cuando uno es imposible de ignorar —le contesté.
Desde ese día, Nathan pidió expresamente que yo lo atendiera antes de terminar cada turno. Poco a poco fue soltando pedazos de su vida. Me contó que había lavado platos, manejado camiones de reparto y, con el tiempo, llegado a administrar un pequeño restaurante. Pero cada vez que yo mencionaba a los hijos, él cambiaba de tema con una habilidad casi profesional.
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