Una mujer salió.
Llevaba un vestido de terciopelo rojo que abrazaba perfectamente su figura. Un collar de diamantes brillaba alrededor de su cuello. Su cara era hermosa, elegante y llena de confianza.
“¿Quién es ella?”
“¿Es una celebridad?”
Jonathan se congeló.
Él reconoció esa cara.
Más radiante. Más pulido. Más poderoso.
Fue Emma.
Pero no estaba sola.
Emma abrió la puerta de atrás.
Dos niñas salieron.
Gemelos.
Unos cinco años. Vestir vestidos blancos como pequeños ángeles.
Y sus caras…
Los familiares de Jonathan jadearon.
Los niños eran inconfundiblemente suyos. Los mismos ojos. La misma nariz. La misma cara.
Emma caminó por la alfombra roja sosteniendo las manos de los gemelos. El sonido de sus talones se sentía como si el martillo golpeara contra el pecho de Jonathan.
Ningún guardia se atrevió a detenerla.
Se detuvo en medio del pasillo y miró directamente a Jonathan, que ahora estaba pálido y temblando.
– ¿Emma? Él susurró. “¿Es realmente tú?”
Emma sonrió con calma.
“Hola, Jonathan. Gracias por la invitación. Dijiste ‘usa tu mejor vestido’, ¿verdad? Acabo de seguir tu instrucción”.
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