La lluvia empapó mi vestido en segundos.
Yo me cubrí el vientre y repetí que estábamos bien, aunque mis dientes chocaban y otra contracción comenzaba a crecer.
No sabía que el chofer de Roman había recibido la orden de ignorar los límites de velocidad.
Tampoco sabía que Roman había leído el mensaje una sola vez antes de guardar el teléfono y decir:
—A la casa.
Cuando el sedán apareció al final de la entrada, varias luces de la mansión se encendieron al mismo tiempo.
La señora Kane salió bajo un paraguas oscuro, acompañada por quienes habían presenciado todo.
Tal vez esperaba hablar con su hijo antes de que me viera.
No alcanzó a hacerlo.
Roman bajó del auto mientras todavía estaba en movimiento.
Su mirada me encontró junto a las rejas y se quedó fija en mi cabeza, en mis pies desnudos y en las manos con las que protegía a nuestra hija.
Durante un segundo no reconocí su expresión.
No era furia.
Era algo más frío.
Roman se quitó el abrigo, me envolvió con él y se arrodilló frente a mí sin importarle el agua que cubría el suelo.
—Bianca, mírame.
—Estoy bien.
—No me mientas.
—La bebé se mueve.
Puso una mano sobre mi vientre y la otra detrás de mi cuello, con tanto cuidado que sentí más dolor por su delicadeza que por todo lo ocurrido dentro.
Cuando sus dedos tocaron el cabello cortado, levantó la vista hacia la casa.
—¿Quién hizo esto?
La señora Kane se acercó.
—Roman, antes de que saques conclusiones, tu esposa sufrió una crisis y puso en riesgo a la niña.
Él comenzó a ponerse de pie, pero yo sujeté su muñeca.
—No —dije.
Roman me miró.
—No me saques de aquí todavía.
—Necesitas un hospital.
—Primero entra conmigo.
La señora Kane creyó que yo estaba confundida por el frío.
Roman entendió que había algo más.
Me levantó en brazos y cruzó las rejas mientras su chofer llamaba a una ambulancia.
Nadie intentó bloquearle el paso.
Dentro del vestíbulo seguían el documento, la pluma y los mechones de mi cabello esparcidos sobre el mármol.
Pero esa no era la única prueba.
Antes de escapar hacia el pasillo de servicio, yo había doblado la primera página del documento y la había metido en el bolsillo interior de mi vestido.
La hoja estaba mojada, pero aún podían leerse las condiciones y la firma de la señora Kane al final.
Se la entregué a Roman.
—Dijo que tú lo habías aprobado.
Roman leyó las primeras líneas.
Su madre intentó acercarse.
—Ese borrador fue preparado para proteger el futuro de tu hija.
—¿Me quitaste el teléfono? —pregunté.
Ella no respondió.
—¿Ordenaste que cerraran las puertas?
—Bianca estaba alterada.
—¿La sujetaron mientras le cortabas el cabello? —preguntó Roman.
La señora Kane miró a los presentes, esperando que alguno confirmara su versión.
Nadie habló.
El silencio que antes la había protegido comenzó a volverse contra ella.
Roman no necesitó amenazar a nadie.
Solo señaló el documento.
—Cada persona que estuvo aquí me dirá exactamente lo que vio.
Su madre endureció el rostro.
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