Vi a Ben deslizar el anillo en el dedo de Rosie.
Y me pregunté si alguna vez había conocido de verdad a mi mejor amiga.
Pasaron tres años.
Finalmente, superé mi dolor y conocí a un hombre maravilloso.
Rosie y Ben se mudaron a una pequeña casa amarilla cerca de las afueras del pueblo.
Todas las mañanas a las nueve, Rosie me llamaba para decirme qué se iba a poner.
Entonces llegó la llamada que siempre había anhelado.
“Voy a ser mamá”, susurró Rosie. “Vamos a tener gemelos”.
Me dejé caer al suelo de mi apartamento, llorando y riendo a la vez.
Durante toda su vida, la gente había dicho que Rosie nunca tendría un futuro normal.
Ahora iba a ser madre.
Debería haber sabido que una felicidad tan inmensa no llegaría sola.
El embarazo se complicó.
A las treinta y cuatro semanas, llevaron a Rosie de urgencia al hospital.
Los médicos nos dieron un pronóstico desalentador.
El reloj de la sala de espera marcó más de la medianoche.
Me quedé mirando las puertas dobles por las que se habían llevado a Rosie, deseando que se abrieran con buenas noticias.
Ben se sentó a mi lado, con una rodilla temblando sin control.
—Va a estar bien —susurré, más para mí que para él—. Rosie es fuerte.
Ben se cubrió los ojos con las palmas de las manos.
Un sonido escapó de sus labios, una mezcla entre una plegaria y un sollozo.
Entonces, un médico entró por la puerta doble.
Ben se puso de pie de un salto.
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