PARTE 2
Rodrigo volvió a mirar el monograma LC bordado en la servilleta. Por primera vez entendió que no significaba “lujo clásico”, como había bromeado al llegar.
Significaba Lucía Castañeda.
—Eso no puede ser —murmuró—. Tu familia tenía unas cuantas propiedades viejas.
Lucía tomó asiento frente a él.
—Mi abuelo comenzó con una fonda de 6 habitaciones en Tequisquiapan. Mi madre la convirtió en una cadena regional. Cuando ella falleció, el control quedó en un fideicomiso protegido para Mateo, Regina y para mí.
Tomás mostró en una tableta el mapa de la empresa.
El Grupo Castañeda operaba 62 hoteles en México, Costa Rica, Colombia y España. Casa del Virrey era su propiedad insignia. Lucía poseía la participación mayoritaria y desde hacía 4 meses presidía el consejo.
Durante 15 años, Rodrigo había visto contratos, llamadas con directores y viajes de trabajo. Nunca quiso entenderlos porque le resultaba más cómodo sentirse superior.
—¿Por qué me ocultaste esto? —reclamó.
—Nunca te lo oculté. Tú decidiste no escuchar.
Camila se levantó.
—Señora, yo no sabía que usted…
—Sabías que estaba casado —la interrumpió Lucía—. Sabías que él autorizaba tus bonos, viajes y ascensos. Y sabías que esta cena se pagaría con dinero de la firma.
Esteban colocó varias impresiones sobre la mesa: mensajes, reservaciones, facturas y fotografías de 18 meses.
—Recursos Humanos recibirá el expediente el lunes —dijo Lucía—. Podrás explicar tu versión allá.
Después miró a Rodrigo.
—Tus tarjetas vinculadas al patrimonio familiar están suspendidas. La camioneta pertenece al fideicomiso. La casa está registrada a nombre de una sociedad de mi familia. Tus cosas ya fueron enviadas a un departamento temporal.
Rodrigo golpeó la mesa.
—¡No puedes correrme de mi propia casa!
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