La sala estaba llena. Ex empleados de Grupo Altamirano ocuparon varias filas. Algunos eran choferes, contadoras, encargados de bodega, técnicos, secretarias. Gente que había trabajado treinta años creyendo que su retiro estaba seguro. Gente a la que Ricardo les sonreía en diciembre mientras les robaba el futuro desde su oficina con vista a la ciudad.
Yo me senté al frente, vestida de negro, con un broche de perlas que había sido de doña Teresa.
Ricardo entró escoltado.
Ya no parecía el hombre arrogante que regresó de Cancún con olor a bloqueador y culpa. Estaba pálido, ojeroso, con el traje flojo y la mirada hundida. Buscó a Daniela entre el público, pero ella no estaba. Había entregado sus pruebas y desaparecido de su vida como humo caro.
El fiscal presentó las transferencias. Luego las firmas falsificadas. Después, la cláusula del fideicomiso. Finalmente, pidió reproducir una grabación.
El audio llenó la sala.
Primero se escuchó mi voz, rota, suplicando:
“Ricardo, por favor, contesta. Tu mamá se está muriendo.”
Luego, silencio.
Otra llamada.
Otra.
Después, la llamada treinta y uno.
La voz de Daniela apareció clara, cruel, inolvidable.
“No me estés reventando el celular, señora. Tu marido está en la regadera conmigo… en Cancún.”
Al fondo, olas.
Risas.
Música.
Y luego el pitido largo del monitor cardíaco.
Nadie se movió.
Una mujer en la segunda fila se tapó la boca. Un ex empleado bajó la cabeza. Hasta el abogado de Ricardo cerró los ojos.
Ricardo no pudo sostenerme la mirada.
Cuando el juez dictó sentencia, su voz fue firme.
Ricardo fue condenado por fraude, falsificación, abuso de confianza y desvío de recursos. Se ordenó la reparación del daño a los trabajadores, el remate de varias propiedades, el aseguramiento de cuentas y la pérdida de cualquier derecho sobre el fideicomiso de doña Teresa.
No fueron doce años de venganza.
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