Ricardo no gritó cuando los agentes le pidieron que los acompañara.
Al principio intentó reírse.
Esa risa falsa que usaba en las reuniones familiares cuando alguien lo contradecía. Esa risa de hombre acostumbrado a que todos bajaran la mirada.
“Esto es una confusión”, dijo, acomodándose el reloj. “Yo soy el director general de Grupo Altamirano. Mi abogado va a resolverlo en diez minutos.”
Uno de los agentes le mostró la orden.
“Señor Ricardo Altamirano, queda detenido por su probable responsabilidad en administración fraudulenta, falsificación de documentos, abuso de confianza y operaciones con recursos de procedencia ilícita.”
La palabra “detenido” le borró la sonrisa.
“Mariana”, dijo, volviéndose hacia mí. “Diles que esto es un error.”
Lo miré sin moverme.
Durante años, yo había sido su coartada perfecta. La esposa tranquila. La nuera obediente. La mujer que no hacía escándalos. La que cuidaba a su madre mientras él firmaba cheques, escondía llamadas y me decía que no fuera intensa.
Pero esa Mariana se había muerto en el hospital, junto con doña Teresa.
“Fue tu madre quien dejó todo preparado”, respondí. “Yo solo abrí la caja.”
Ricardo intentó acercarse, pero el agente le sujetó el brazo.
“¡Era mi mamá!”, gritó, ya sin dignidad. “¡Todo lo que tenía era mío!”
El licenciado Salvatierra cerró la carpeta con calma.
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