Esteban llegó a la reapertura de la Fundación Alcázar empujando reporteros, con la prueba de paternidad de Lucía arrugada en la mano y la cara de un hombre que acababa de descubrir que su propia mentira tenía dientes.
La ceremonia se celebraba en una terraza blanca de Ciudad de México, con vista a los árboles de Reforma. Había médicos, periodistas, empresarios, pacientes becadas y varias actrices que habían sido atendidas por el equipo materno-fetal de la fundación. Yo estaba junto a Gerardo, con un vestido azul claro y una mano sobre la curva pequeña de mi vientre.
A mi alrededor estaban la doctora Renata Luján y cuatro especialistas reconocidos, esos médicos que la prensa llamaba “el equipo de los embarazos imposibles” porque atendían a cantantes, conductoras y mujeres con casos de alto riesgo.
Mi embarazo necesitaba vigilancia. No porque yo fuera débil, sino porque una cirugía que nunca debieron hacerme había dejado cicatrices que ahora todos vigilaban con cuidado.
Esteban vio las cámaras y gritó:
“¿Entonces ese era tu plan, Mariana? ¿Meterte con un viejo rico, embarazarte y venir a posar como víctima?”
La terraza se quedó en silencio.
Yo sentí el viejo impulso de explicar, de justificarme, de hacerme pequeña para que él no explotara. Pero esa mujer había quedado atrás, encerrada frente a una puerta que ya no abría.
Gerardo dio un paso al frente.
“Retírate.”
Esteban soltó una risa áspera.
“¿Y tú quién eres para ordenarme algo? ¿Un policía jubilado con complejo de héroe?”
Gerardo no levantó la voz.
Leave a Comment