Camila miró a Rodrigo.
“¿Tú lo buscaste?”
Rodrigo se sentó en la silla junto a la ventana. Tenía los ojos rojos.
“Sí.”
“¿Por qué?”
Él respiró hondo.
“Porque encontré una carta donde decía que quería conocerte algún día. Y porque pensé que, si tu papá Andrés ya no podía estar aquí, tal vez alguien que lo conoció cuando era niño podía contarte cosas de él.”
Camila lo observó con una madurez que ningún niño debería tener.
“¿Mamá se enojó?”
“Sí”, respondió Rodrigo. “Y tiene razón. Debí decirle antes.”
Yo no esperaba que lo admitiera así, sin defenderse, sin adornarlo.
Camila tomó el sobre y lo abrió con manos lentas. Dentro había una fotografía vieja. En ella aparecía don Ernesto, mucho más joven, junto a un niño de unos diez años parado frente a una bicicleta roja.
Andrés.
Camila acarició la imagen con la punta de los dedos.
“Tiene mis ojos”, murmuró.
Yo me tapé la boca.
Sí. Los tenía. Los mismos ojos oscuros, grandes, como si siempre estuvieran preguntando algo.
“¿Él quiere verme?”, preguntó.
“Sí”, dije. “Está abajo. Pero no tienes que hacerlo si no quieres.”
Camila se quedó mirando la foto.
“¿Tú quieres que lo vea?”
La pregunta me atravesó.
Podía haberle dicho que no. Podía haber usado mi enojo como escudo. Podía haber castigado a don Ernesto por todos esos años de silencio. Pero frente a mí estaba mi hija, con apenas diez años, pidiendo una verdad que tal vez no tendría tiempo de conocer después.
“No quiero decidir por ti”, le dije. “Quiero que tú elijas.”
Camila volteó hacia Rodrigo.
“¿Es buena persona?”
Rodrigo apretó los labios.
“No lo sé del todo. Pero cuando hablé con él, lloró. No de una forma falsa. Lloró como alguien que se había quedado encerrado en una culpa durante muchos años.”
“¿Y si me hace daño?”
“Entonces me lo llevo de aquí”, dijo Rodrigo sin dudar. “Tú no le debes nada a nadie.”
Camila volvió a mirar la foto.
“Quiero verlo.”
Bajamos despacio.
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