Podía explicar por qué lo hice, pero no podía fingir que no había puesto a dos personas en peligro.
Me senté frente al escritorio.
Justin caminaba de un lado a otro, todavía furioso.
—Podemos borrar esos archivos —dijo—. Tomamos la memoria y negamos haber entrado.
—Kenneth debe tener copias.
—Entonces hacemos una copia nuestra y destruimos esta.
—Si alteramos algo, convertimos la verdad en otro secreto que él puede utilizar.
Justin se detuvo.
—¿Qué piensas hacer?
—Presentarme a la reunión.
—Después de lo que hiciste, te van a destrozar.
—Probablemente.
—También van a destrozarme a mí.
Miré otra vez las transferencias que llevaban su nombre.
—Por eso tienes que decidir si vas a contar todo, incluso lo que te haga quedar mal.
Justin bajó la mirada.
Años antes, su pequeña constructora había quebrado y él había ocultado parte de sus deudas a nuestra familia por vergüenza.
Kenneth había encontrado esos registros, había reactivado una cuenta abandonada y después había conseguido que Justin firmara un paquete de formularios diciéndole que eran documentos para cerrar asuntos pendientes.
Entre ellos estaba la autorización con la que se abrieron las cuentas falsas.
Mi hermano no había robado el dinero.
Pero su silencio y su descuido habían permitido que Kenneth utilizara su identidad.
Exponer el plan significaba reconocerlo ante el consejo y ante nuestra madre, quien todavía creía que Justin había resuelto sus problemas financieros sin ayuda.
La pantalla de mi teléfono se iluminó.
Era una llamada de Maya.
Justin se quedó inmóvil.
Contesté y activé el altavoz.
La voz de mi cuñada sonaba débil por los sedantes.
—Kenneth despertó antes que yo —dijo—. Está pidiendo que llames a su asistente y canceles la junta.
—No voy a cancelarla.
Hubo un silencio breve.
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