“¿Qué haces en mi casa?”, pregunté.
Daniel volteó despacio. Durante un segundo, su rostro mostró miedo. Luego se puso la máscara de siempre: calma, autoridad, superioridad.
“Mariana, no hagas una escena.”
Los dos hombres de traje se quedaron inmóviles junto a la terraza. Uno traía una carpeta con el logotipo del desarrollo inmobiliario. El otro sostenía una tablet con imágenes de casas modernas, muelles privados y jardines donde antes estaban las bugambilias de mi padre.
“Esta propiedad está a mi nombre”, dije.
Daniel sonrió con lástima fingida.
“Por ahora.”
Laura dio un paso al frente.
“Doctor Ortega, cualquier intento de disponer de este inmueble sin autorización de la propietaria será denunciado. Y le recomiendo no seguir hablando.”
Daniel miró a Laura y luego a mí.
“¿Ahora necesitas que tu abogada hable por ti? Justo eso demuestra mi punto.”
Esa frase fue su error.
Uno de los hombres del desarrollo bajó la mirada. El otro cerró la tablet. Ya no estaban frente a un esposo preocupado, sino frente a un hombre usando el supuesto deterioro de su esposa como llave para abrir una propiedad ajena.
“Nosotros entendimos que la señora estaba de acuerdo”, dijo uno de ellos.
“No lo estoy”, respondí. “Nunca lo estuve.”
Laura pidió que se fueran. Los hombres recogieron sus cosas con una prisa incómoda. Daniel permaneció de pie en la terraza, mirando el lago como si todavía pudiera comprarlo con mentiras.
“Vas a destruir a la familia por una cabaña vieja”, dijo.
“No, Daniel. Tú destruiste a la familia cuando decidiste convertirme en una enferma imaginaria para quedarte con lo mío.”
Sus ojos se endurecieron.
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