Junto al anillo estaba el informe médico con fotografías de la quemadura y un número de denuncia.
Pero fue la carpeta negra lo que hizo que se quedara inmóvil.
En la portada había una etiqueta blanca.
“Para Alejandro Salazar”.
Rebeca se acercó por detrás.
—Ábrela.
Alejandro retiró la liga que mantenía cerrada la carpeta.
Dentro encontró copias de movimientos bancarios, contratos, capturas de pantalla y fotografías.
La primera hoja mostraba transferencias realizadas desde una cuenta empresarial perteneciente a Valeria.
Doscientos mil pesos enviados a una cuenta a nombre de Rebeca Salazar.
Después, ciento veinte mil.
Luego ochenta y cinco mil.
Alejandro tragó saliva.
—¿Qué es esto?
Rebeca palideció.
—No sé.
Alejandro pasó a la siguiente página.
Había mensajes impresos.
No eran conversaciones entre Rebeca y Valeria.
Eran mensajes entre Rebeca y Alejandro.
“Ya entré a su computadora.”
“La contraseña sigue siendo la fecha de nacimiento de su abuela.”
“Pasa el dinero antes de que revise el estado de cuenta.”
“Dile que el banco cometió un error.”
Rebeca le arrebató las hojas.
—¡Tú dijiste que habías borrado esos mensajes!
Alejandro giró hacia ella con los ojos desorbitados.
—¡Cállate!
Continuó revisando la carpeta con las manos temblorosas.
Había algo peor.
Mucho peor.
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