Alejandro apretó los puños.
—¿Dónde está el dinero de la venta?
Rebeca no respondió.
Su silencio fue suficiente.
Alejandro tomó su teléfono y llamó a Valeria.
La llamada se fue directamente al buzón.
Volvió a marcar.
Bloqueado.
Intentó desde el teléfono de Rebeca.
Esta vez Valeria respondió.
—¿Bueno?
Alejandro respiró con fuerza.
—¿Dónde estás?
—Eso ya no es asunto tuyo.
—Tenemos que hablar.
—No.
—Valeria, lo de esta mañana fue un error.
Ella guardó silencio durante unos segundos.
—Un error es derramar el café al mover la mano. Tú levantaste la taza, me miraste y la lanzaste.
—Estaba enojado.
—Eso no cambia nada.
—Podemos arreglarlo.
—Ya lo estoy arreglando.
Alejandro miró la carpeta abierta sobre la mesa.
—¿De dónde sacaste esos documentos?
—De mi propia computadora. De mis cuentas. De las cámaras del departamento. De los respaldos automáticos que olvidaste borrar.
La sangre abandonó el rostro de Alejandro.
—¿Cámaras?
—La cámara de la cocina grabó todo.
Rebeca se llevó una mano a la boca.
Alejandro bajó la voz.
—No puedes entregar eso a la policía.
—Ya lo entregué.
El teléfono casi resbaló de su mano.
—Valeria, soy tu esposo.
—Eras mi esposo cuando me robaste. Eras mi esposo cuando falsificaste mi firma. Eras mi esposo cuando lanzaste café hirviendo a mi cara.
—Piensa bien lo que haces.
—Lo pensé durante años. Hoy finalmente actué.
—Si me destruyes, también te destruirás tú.
Valeria soltó una risa sin alegría.
—El departamento es mío. La empresa es mía. Las cuentas bloqueadas son mías. Tú no tienes nada a tu nombre porque siempre viviste de mí.
Alejandro miró alrededor de la sala vacía.
Solo quedaban el sofá que él había elegido y la televisión que Rebeca quería llevarse.
—No puedes echarme de mi casa.
—Esa nunca fue tu casa.
La llamada terminó.
Alejandro lanzó el teléfono contra la pared.
La pantalla se hizo pedazos.
—¡Todo esto es por tu culpa! —gritó mirando a Rebeca.
Ella frunció el ceño.
—¿Por mi culpa? Tú eres quien no pudo controlar a su esposa.
—¡Me hiciste sacar dinero de sus cuentas!
—No te obligué.
—¡Me dijiste que estabas desesperada!
—Y tú querías sentirte importante. Te encantaba llegar con dinero y actuar como el salvador de la familia.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Lárgate.
—¿Qué?
—¡Lárgate de aquí!
Rebeca tomó su bolso.
—Cuando Valeria te deje sin un peso, no vengas a pedirme ayuda.
—¿Ayuda? ¡Tú eres la razón por la que estoy arruinado!
—No, Alejandro. Estás arruinado porque eres estúpido.
Rebeca salió del departamento y cerró la puerta.
Alejandro quedó solo.
Durante la siguiente hora llamó a su madre, a dos amigos y a un abogado que conocía de la universidad.
Nadie le dio la respuesta que esperaba.
El abogado fue directo.
—Si existe una grabación del ataque, un informe médico, mensajes sobre transferencias no autorizadas y un documento con firma falsificada, estás en serios problemas.
—Ella es mi esposa.
—Eso no te protege.
—El dinero se quedó dentro de la familia.
—Eso tampoco te protege.
—Puedo decir que ella me autorizó verbalmente.
—Los mensajes impresos indican lo contrario.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Cuántos años podría enfrentar?
—Depende de los cargos. Fraude, falsificación, violencia familiar, lesiones… No puedo darte una cifra sin ver el expediente.
—Necesito que me representes.
Hubo una pausa.
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