Yo no firmé.
Esa noche dormí con una silla arrimada a la puerta.
Ni siquiera sabía por qué.
Quizás porque cuando una mujer ha sido humillada lo suficiente, cualquier sonido empieza a parecerle peligroso.
Al día siguiente, fui sola a la ecografía.
Llevaba un vestido holgado.
Me cepillé el pelo.
Me puse pintalabios, aunque me temblaban los labios.
No para Diego.
Para mí.
Para el bebé que no había hecho nada malo.
La clínica olía a alcohol, a talco para bebés y a miedo.
El doctor Salinas me saludó amablemente.
¿Vino alguien contigo?
Negué con la cabeza.
“Mi marido dice que este bebé no es suyo.”
El médico no me juzgó.
No hizo ninguna mueca.
Simplemente me pidió que me tumbara.
El gel estaba frío.
La pantalla se iluminó.
Contuve la respiración.
Primero, había una sombra.
Luego, un pequeño punto en movimiento.
Luego, un latido.
Fuerte.
Rápido.
Vivo.
Me tapé la boca y lloré.
—Hola, mi amor —susurré.
Leave a Comment