Era el multimillonario de setenta y dos años, propietario de Whitmore Corporation, un magnate de las telecomunicaciones cuya aprobación podía impulsar una carrera o acabar con ella de la noche a la mañana. Entró acompañado de su hermana mayor, Eleanor Kensington, mientras los guardias de seguridad lo seguían unos pasos.
Daniel casi tropezó al apresurarse a saludarlo.
—Señor Kensington —dijo sin aliento—. Qué honor.
Richard le estrechó la mano con frialdad.
—Me dijeron que había traído a su esposa esta noche.
La postura de Daniel se tensó.
—Sí, señor. Está… por aquí cerca. Es tímida. No está acostumbrada a este tipo de ambiente.
Con evidente irritación, Daniel le hizo un gesto a Emily para que se acercara.
Caminó lentamente hacia ellos, con los hombros rectos a pesar de la humillación que le quemaba el pecho.
—Emily, este es el señor Kensington —dijo Daniel rápidamente—. Emily está… ayudando con el evento.
Emily extendió la mano cortésmente.
Pero Richard no la estrechó.
Sus ojos se clavaron en el collar que llevaba al cuello.
Se le fue el color de la cara.
A su lado, Eleanor jadeó y se tapó la boca con ambas manos.
Daniel rió nerviosamente.
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