Mi esposo dejó que mi madre cocinara con fiebre mientras él jugaba y mi suegra exigía que también lavara su ropa.

Mi esposo dejó que mi madre cocinara con fiebre mientras él jugaba y mi suegra exigía que también lavara su ropa.

PARTE 1

—¡Tu mamá está acostumbrada a servir! Que termine la comida antes de sentarse.

Esa fue la primera frase que escuché al entrar a mi casa, tres horas antes de lo previsto.

Mi vuelo desde Ciudad de México aterrizó temprano en Monterrey. Regresaba de cerrar un contrato importante y venía emocionada porque mi mamá, Elena, había viajado desde Linares para ver a Emiliano, mi hijo de cuatro años. Le repetí a Javier, mi esposo, que la recibiera bien: padecía artritis y llevaba semanas con dolores en la rodilla.

Abrí la puerta esperando encontrarla descansando.

En la sala, el aire acondicionado estaba a dieciséis grados. Mi suegra, doña Rebeca, comía uvas recostada en el sofá. Javier jugaba en su tableta, con una cerveza abierta sobre la mesa. Había platos sucios y ropa tirada por todas partes. Entonces escuché a Emiliano llorar en la cocina.

Mi mamá estaba frente a la estufa, con mi hijo amarrado a la espalda con un rebozo. Con una mano sostenía al niño y con la otra movía una olla. Tenía la blusa empapada, el rostro pálido y las manos temblorosas. La cocina parecía un horno; nadie había encendido siquiera el pequeño ventilador.

—Mamá, ¿qué estás haciendo? —pregunté.

Ella se sobresaltó, como si la sorprendida hubiera sido ella haciendo algo malo.

—No pasa nada, Mariana. Tu suegra me pidió preparar el cabrito y lavar la ropa de Javier. Ya casi termino.

Desde la sala, Rebeca gritó:

—¡Y que no le ponga tanta sal! La gente de rancho cocina todo corriente.

Javier ni levantó la vista.

—También dile que planche mi camisa azul. Mañana tengo junta.

parte2

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