—No.
Él se quedó quieto.
—Te iba a dar una parte —susurró.
La frase salió de la boca de Teresa como si le costara más que todo lo anterior.
—Mi casa. La casa donde creciste. La casa donde duermen tus hijos. ¿Y aceptaste una parte?
Andrés lloró.
No mucho.
Suficiente para parecer arrepentido si uno quería creerlo.
Yo ya no quería.
—Pensé que si le seguía el juego, luego podría arreglarlo.
Su hermana lo miró.
—Mentiroso.
Teresa cerró los ojos.
—Daniela tenía razón y tú la amenazaste con sacarla.
Andrés me miró.
—Daniela—
—No.
Mi voz salió tranquila.
No sabía de dónde.
—Hoy no.
Mis hijos llegaron de la escuela a las 4:10.
No les contamos todo.
Solo que la abuela estaba cansada, que habría cambios en la casa, que Gael ya no viviría allí.
Mi hija menor abrazó a Teresa.
—¿Ya vas a bajar a cenar?
Teresa se quebró otra vez.
La abrazó con cuidado.
—Sí, mi amor. Ya voy a bajar.
Esa noche no hubo camarones.
No hubo vino.
No hubo órdenes desde el tercer piso.
Hice sopa.
Pan tostado.
Té.
Comimos todos en silencio.
Teresa bajó por primera vez en una semana.
Sin lentes.
Sin maquillaje perfecto.
Con las manos todavía temblando.
Pero bajó.
Andrés intentó sentarse a su lado.
Ella movió la silla.
—Ahí no.
Él se detuvo.
Se sentó lejos.
La casa estaba llena de cosas rotas que no se veían.
Pero también de algo nuevo.
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