—Ya hice todo lo que me pediste —susurraba—. Por favor, no mandes eso.
Gael levantaba el teléfono.
—Entonces firma.
Mi respiración se volvió superficial.
Seguí hasta el archivo más reciente.
El último video.
Teresa sostenía unos papeles con los dedos temblorosos.
Gael se inclinaba sobre ella.
—Firma la transferencia de la casa —decía—. O esta noche mando todo a tus hijos.
Me quedé inmóvil frente a la pantalla.
Mi suegra no estaba viviendo una luna de miel.
Estaba siendo chantajeada.
El cuarto pareció hacerse pequeño.
Toda la semana se reordenó en mi cabeza.
Los pedidos.
Los silencios.
Las llamadas cortadas.
La ceremonia a la que no bajó.
La respiración rota.
Los lentes oscuros.
La puerta bloqueada por el cuerpo de Gael.
No era capricho.
No era vergüenza.
Era miedo.
Pausé el video para leer mejor los documentos que Gael la obligaba a sostener.
Parecían hojas relacionadas con la casa.
No pude leer todo.
Pero vi palabras suficientes.
Transferencia.
Propiedad.
Cesión.
Firma.
Entonces escuché la puerta principal abrirse abajo.
El corazón se me subió a la garganta.
La voz de Andrés subió por la escalera.
—Daniela, ¿qué estás haciendo en el cuarto de mi mamá?
Miré la pantalla.
El cursor seguía sobre el último video.
Y detrás de Gael, en el reflejo del espejo, se veía algo que me dejó sin aire.
Andrés.
De pie en la puerta.
Mirando.
Sin intervenir.
No tuve tiempo de cerrar la computadora.
Andrés apareció en el umbral con el rostro endurecido.
—Te dije que no te metieras.
Yo giré lentamente la pantalla hacia él.
—¿También viste esto?
Por un segundo no habló.
Ese segundo fue suficiente.
—Daniela, no entiendes lo que está pasando.
—Entiendo que tu mamá está siendo chantajeada.
—Gael es un problema de ella.
—No. Gael la está obligando a firmar la casa.
Andrés miró hacia la escalera, como si temiera que alguien escuchara.
—Baja la voz.
Entonces comprendí que su miedo no era por Teresa.
Era por sí mismo.
Rebobiné el video hasta el reflejo del espejo.
Ahí estaba Andrés.
En la puerta del cuarto.
Con los brazos cruzados.
Mientras su madre lloraba.
—Estuviste aquí —dije.
Su mandíbula se tensó.
—Mi mamá no quería escándalos.
—Tu mamá pedía ayuda.
—Tú no sabes lo que Gael tiene.
—¿Qué tiene?
No respondió.
El teléfono de Teresa vibró sobre la mesa de noche.
Ambos lo miramos.
Un mensaje de Gael apareció en la pantalla.
“Si la nuera abre la boca, dile a Andrés que también tengo su video.”
Mi estómago se cerró.
—¿Tu video?
Andrés dio un paso hacia mí.
—Dame la memoria.
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