Mercedes la miró.
—Ustedes entraron a mi casa en privado. Me humillaron en privado. Me robaron en privado. Pero querían declararme incapaz en público. Así que no, Patricia. Ya no se arregla en privado.
Esa frase hizo que más de una invitada bajara la vista.
Porque muchos habían participado con silencio. Habían oído bromas. Habían visto desplantes. Habían aceptado la versión de Renata porque era joven, bella y cómoda de creer. La crueldad, cuando se viste bien, suele pasar por carácter.
Santiago se acercó a su madre.
Mercedes dio un paso atrás sin querer.
Él lo notó.
Ese pequeño movimiento le dolió más que cualquier insulto.
—Mamá —dijo—, perdóname.
Mercedes lo miró. Quería abrazarlo como cuando era niño, cuando se raspaba las rodillas y buscaba refugio en su falda. Pero ya no era un niño. Era un hombre que había elegido no creerle.
—Hoy no puedo darte ese perdón completo —respondió ella—. No porque no te ame, sino porque necesito que entiendas lo que hiciste. No me quitaste el cabello. Pero me dejaste sola cuando te pedí ayuda.
Santiago bajó la cabeza.
—Lo sé.
—Renata pudo entrar a mi casa porque tú le diste confianza. Pudo contestar tu teléfono porque tú le diste acceso. Pudo llamarme loca porque tú ya estabas dispuesto a pensar que mi dolor era drama.
Él empezó a llorar en silencio.
—Lo siento.
Mercedes respiró despacio.
—El perdón no es una servilleta que se usa para limpiar una escena incómoda, hijo. Si lo quieres, vas a tener que construirlo.
Santiago asintió.
Renata, mientras tanto, discutía con los agentes. Decía que todo era una exageración, que las perlas eran prestadas, que el cabello quizá había sido una broma, que Mercedes era manipuladora. Pero cada excusa nacía más débil que la anterior.
Cuando el agente le pidió acompañarlos para declarar, Renata miró a Santiago por última vez.
—¿Vas a dejar que me lleven el día de nuestra boda?
Santiago se quitó lentamente el anillo.
Lo dejó sobre la mesa.
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