Mercedes miró a su hijo y supo que la pregunta no era simple.
¿Qué más sabes?
Sabía demasiado.
Sabía que Renata lo había aislado poco a poco. Sabía que cada domingo inventaba compromisos para que Santiago no la visitara. Sabía que le decía que su madre lo trataba como niño. Sabía que se burlaba de sus recuerdos familiares porque quería arrancarle las raíces antes de llevárselo lejos.
Pero también sabía algo peor.
No todo había empezado con la boda.
Mercedes hizo una seña a Octavio.
El abogado se acercó al micrófono con una carpeta negra. El salón seguía lleno, pero ya nadie comía, nadie bebía, nadie fingía. Hasta los meseros se habían quedado inmóviles, como estatuas con charolas.
Renata estaba junto a la mesa principal, respirando rápido. Su madre le sostenía el brazo. Su padre, don Arturo, miraba al piso como si el mármol pudiera tragárselo.
—Santiago —dijo Mercedes—, hace 3 semanas recibí una llamada del banco.
Él cerró los ojos.
—¿Qué llamada?
—Alguien intentó solicitar información sobre mis cuentas usando tus datos personales.
Santiago abrió los ojos de golpe.
—Yo no hice eso.
—Lo sé.
Renata levantó la barbilla.
—Esto ya es demasiado. Mercedes, está inventando delitos para destruirme.
Octavio abrió la carpeta.
—No son inventos. Hay registro de llamadas, correos electrónicos y una solicitud de acceso a documentos patrimoniales de la señora Robles. La petición fue enviada desde una computadora vinculada al despacho donde trabaja la señora Patricia, madre de la novia.
Doña Patricia se quedó rígida.
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